Ser pendeja como virtud moral

En Venezuela definitivamente tantas cosas han cambiado que ya no sabemos quienes somos, hemos perdido no sólo mucho de nuestra identidad, sino que algunos comportamientos, otrora rechazados abiertamente ahora se convierten en secretos a voces en los todos los círculos sociales donde situaciones absurdas se convierten en regulares, y las antes aceptables son minoría. El país del revés, del absurdo, en donde se vive una especie de momento eufórico donde el lema “agarre el que pueda” prela por delante de cualquier escrúpulo y por supuesto que “el último que apague la luz” está a la orden del día.  Sabemos bien que para el venezolano por encima de todo siempre aplica la ley del más vivo, también sabemos que pasamos por una crisis moral y económica sin precedentes, un país partido en dos, y un futuro incierto pero  ¿eso justifica entrar en el juego de la viveza criolla?.

Digamos que hoy lo dediqué a reflexionar sobre eso, no por casualidad, sino porque cada vez me toca más de cerca, así como la inseguridad que cada día toca la puerta del vecino y te levantas pensando que quizás hoy sea tu turno, también la “viveza criolla” hace cola en esa ruleta de desaveniencias que como venezolanos nos toca vivir y que te alcanza de las personas que menos piensas.  Y quizás ya es común leer los titulares de nuevos casos de corrupción política, o calarte la cara del funcionario del organismo público que quiere que le mojes la mano, o enterarte del nuevo guiso para poder comprar productos de primera necesidad, pero nunca esperas enterarte de que personas conocidas se inventen diferentes formas de corromperse, y no estoy hablando de meterse en un negocio sucio, también te corrompes de solo actuar movido por la mala fe, pensando solo en el interés individual y llevándote por delante los mínimos principios, queriendo ser más “vivo” que los demás.

La frase “viveza criolla” nació en el sur, por allá en Argentina y según la famosa wikipedia es una especial filosofía de vida, de querer siempre obtener alguna ventaja, de querer siempre recorrer la línea de mínima resistencia y mayor comodidad”. Me encanta como hasta en la enciclopedia libre este particular concepto existe, con tanto razonamiento e intelecto. Como buenos importadores que somos, no tardamos mucho en traer a nuestro maltrecho país esta manera de transitar la vida, irrespetando al otro, actuando sobre la base de intereses individuales, cayendo en la corrupción e hipotecando nuestros valores, algunos por dinero, otros por reconocimiento o fama, otros solo por joder. Creo en la maravillosa capacidad que tenemos los venezolanos para inventarnos cualquier cosa, para salir adelante, para innovar, y lo admiro un montón cuando se trata de ideas auténticas, que buscan sumar y no restar. Pero es lamentable cuando esa gran capacidad que tenemos toma un giro poco amable en aquellos que se inventan cualquier vía fácil para beneficiarse a costilla de otros y sin el mínimo esfuerzo.

Y me dirán que el cuento no es nada nuevo, pero ¿no les da arrechera que se aprovechen de usted? ¿que se les atraviese un “vivo” de esos en el camino y les fastidie un día?. Desde el que pone cara de bolsa encaramándose un bebé para pasar por delante de usted en una cola, pasando por el que se queda con el vuelto haciéndose el loco porque no tiene monedas, o los más indeseables, los que tratan de aprovecharse de ti de cualquier manera y creen que les queda perfecto. Me decidí entonces a restarle importancia, y  graciosamente se me atravesó en la mente aquel discurso de Cabrujas donde decía que eso de la “viveza criolla” no existe. Y fue como una epifanía, el pana tiene bastante razón. “Vivos son los alemanes, vivos son los japoneses”, decía. Claro, vivo es aquel que aplica eso de que la crisis es el mejor momento para crear, y lo hace eficientemente, construyendo algo sano y productivo. No es nada vivo el que creyéndose Einsten, dice que en momentos difíciles tiene más valor la creatividad que el conocimiento, usando la capacidad para crear de la peor manera, sin darse cuenta que la creatividad presupone conocer. Nada útil puede hacer aquel que no sabe, que solo repite, o mal hace, que se plantea eso de que “el fin justifica los medios” sin el menor decoro. Y ahí se le sale al venezolano su verdadera esencia, la del “wannabe”, eso de querer ser pero nunca alcanzarlo.

Yo, tajantemente afirmo, y esto es incuestionable, que en esta situación que vivimos, con la peor crisis económica y de valores que jamás hayamos vivido, decidí ubicarme en  el grupo de aquellos que trabaja incansablemente, que trata de generar ideas y negocios honestos, de valor justo, no solo para mi beneficio, sino para los que me rodean y la comunidad a las que alcance, a las personas talentosas en las que creo, siempre actuando de modo transparente, respetuoso y profesional. Incluso, en alguna oportunidad bromeaba con un amigo y le decía que pertenecía a un exclusivo grupo de venezolanos, de los que podrían llamarse “pendejos”, si es que los demás son unos “vivos”. Y nunca antes me había sentido tan orgullosa de ser TAN pendeja. Creo en el valor del trabajo justo, ni más, ni menos de acuerdo a la experiencia y la calidad, creo en que la palabra vale más que un contrato, creo en que el actuar de buena fe no tiene precio, creo que las buenas cosas se construyen con constancia, con cariño y mucho amor por lo que se hace, de manera auténtica. No me creo privilegiada, ni mejor que nadie, ni una pionera. Sí soy feliz porque conozco a muchos otros pendejos que siguen esta filosofía de vida, nos juntamos, y seguimos creando, porque un pendejo atrae a otros pendejos.  Pendejamente creemos en el país, en que es el mejor país del mundo, y que no tiene la culpa de los “vivos” que lo han destruído.

Y no, no voy a dejar la pendejera pues.

 

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