Lo que trae la cola

Las colas que desde muy temprano en las mañanas comienzan a hacer los venezolanos para comprar comida no solo son “trending topic” en una red social, son una realidad dura y pesada que recrudeció con el amanecer del 2015. Las razones son conocidas, aunque también se aluden causas bastante rebuscadas basadas en guerras económicas, saboteos burgueses y ataques psicológicos planificados por una oposición al gobierno de turno que en mi criterio está prácticamente muerta. El sol no se puede tapar con un dedo, y comenzamos a ver como estas filas humanas forman parte de una de las señales más fuertes que indican que la cosa no anda bien en Venezuela. “El que tenga ojos, que vea”

Independientemente de como califiquemos estos hechos y a quien le asignemos responsabilidades me han dejado más impresionada las reacciones de las personas que ansían obtener sus productos de primera necesidad. He visto videos, leído relatos, escuchado las historias de desesperación, intentos de saqueo, violencia, robos de comida entre ciudadanos, y muchas acciones desesperadas. La naturaleza humana es increíble y el instinto de supervivencia salvaje. Ver cómo éste último prevalece, me confirma como nos hemos deteriorado como ciudadadanos y seres humanos.

Afortunadamente no he sido testigo directa de tales demostraciones de la pérdida de nuestra calidad humana, quizás porque dentro de mis decisiones ante la crisis que vivimos está la de evitar, en la medida de lo posible, y hasta donde pueda lograrlo, la confrontación. Eso implica evitar lugares donde esto pueda ocurrir, empezando este año por los mercados y supermercados. Una decisión bastante infantil la verdad, porque tarde o temprano tendría que ir a comprar comida como cualquier persona.

Hoy fue ese día, y mi burbuja personal explotó. Con decisión salí en la mañana al supermercado, el primero que se me atravesó, la verdad, y al no ver colas en la parte exterior me llené de optimismo y calma. Era distinto lo que sucedía en el recinto. Todos los pasillos estaban llenos de personas con sus carritos en su respectiva cola para pagar, los demás intentaban apretujados transitar en los espacios que quedaban libres y llenar su carrito con algo. Un acomodador gritaba “¡Agarren aceite que está barato!”, refiriéndose irónicamente a un aceite importado – el único en el anaquel – que superaba los mil bolívares la botella. Su chiste malo caldeaba los ánimos. Agarré una que otra cosa mientras iba por el primer pasillo y al final llegué a la carnicería, un grupo de gente se aglomeraba, aunque las neveras estaban completamente vacías. Pregunté a alguien que amablemente me dijo que la carne estaba dentro en las cavas y que no la exhibían para no generar revuelo, y que cuando tocara mi turno simplemente preguntara qué había. Así que tomé mi número: el 11 salió del rollo de números, siendo hoy 11.1.15 se me salió una sonrisa por la coincidencia; “Lucky number”, pensé. La señora de al lado me miró con cara extraña, y pude entenderlo porque realmente nadie estaba sonriendo. La pantallita marcaba que iban atendiendo al Nro. 4 y me propuse esperar.

Empecé a tratar de entender la dinámica, que era bastante lenta, y los carniceros – muy malencarados – no dirigían la palabra sino solamente a aquella persona que estaban atendiendo. Pude entender que estaban vendiendo una pieza de carne completa, y de allí cortaban todo lo que podían, pero debías comprarla toda o nada. Las piezas más pequeñas pesaban 5 kgs, que eran unos Bs. 1.800 que no todo el mundo podía pagar. Muchos se iban frustrados y molestos, una chica incluso casi llorando. Pasaba el tiempo y mientras esperaba lograron aglomerarse más de 50 personas para “ver lo que había”.

Uno de los clientes en la espera, un señor pequeño y canoso con ínfulas de sabelotodo, se dedicó a explicar a todo el que llegaba la dinámica y casi podía ver una media sonrisa asomarse en su rostro cada vez que alguien se iba y no tomaba número porque no podía comprar una pieza completa. ¿Qué morbosa razón podría generarle tal satisfacción?.  Realmente empezó a indignarme la situación, ¿porque obligaban a comprar una pieza completa limitando la posibilidad a personas que no tenían la necesidad ni el dinero para poder pagarla? Entendí de inmediato que era una medida del supermercado, y que ponerme a discutir sobre eso no ayudaría en nada, al contrario, generaría un posible motín con tanta gente desesperada.

Una señora bastante mayor llegó, como muchos, y el consabido señor le brindó la magistral explicación que repetía a todos, esta vez finalizando con la frase: “Esa es la mecánica, si no puede comprar toda la pieza se va”. No pude soportarlo más y desde donde estaba le pregunté a la señora qué necesitaba comprar, “Seis milanesas mija, eso es todo”. El marcador iba por el número 9 y en un rato tocaría mi turno, el número de la señora sería el 52 pero no lo iba a tomar. Me acerqué a la señora y le dije, “Venga conmigo, yo pido la pieza y la compartimos, le digo al muchacho que pese lo suyo aparte y ahí vemos cuanto le toca pagar, vamos juntas a la caja y ud paga lo suyo”. La cara de la señora me decía que no podía creer lo que pasaba, e incluso pensó que era una especie de “bachaquera” y que le pediría dinero. No pude sino reírme, “¡No señora! Yo solo quiero ayudarla”. Cruzamos nombres, ella se llama Martha. No faltaron las bendiciones, y por supuesto el agradecimiento.

Otras personas al escuchar lo sucedido empezaron a ponerse de acuerdo y finalmente alguien empezó a organizar grupos de 2 o tres personas que quisieran comprar poco para que compartieran la famosa pieza. El ánimo cambió de inmediato, muchas personas que esperaban se vieron aliviadas al no tener que gastar tanto dinero, empezaron las sonrisas y el humor, se compartían los nombres y se cruzaban teléfonos para avisarse cuando hubiese algún producto cerca en la comunidad. Personas que no se conocían empezaron a hablarse como si se conocieran de toda la vida. Los carniceros entendieron lo que pasaba, ellos eran solo empleados y se dieron cuenta que estaba bien, y que ellos podían seguir cumpliendo las instrucciones de su jefe y no meterse en problemas. También empezaron a sonreír. Vi como un señor mayor, quizás el Gerente, llegó desde adentro de las cavas a preguntar que pasaba, y los empleados contestaron: “Nada, estamos vendiendo piezas enteras como usted nos dijo”. No escuché más al señor pequeño y canoso.

Otras soluciones surgieron: mientras alguien pedía la pieza de carne y esperaba que hicieran los cortes, la otra persona de su grupo iba haciendo la cola para pagar, así no se aglomeraba tanta gente frente a la carnicería y saldrían más rápido del local. Mientras uno esperaba su turno para la carne, los demás iban y compraban el resto de sus cosas. Finalmente, las dos horas y media que esperé resultaron amenas, conocí a Martha y a su hija María. Supe que Martha se había caído por las escaleras y tenía un chichón en la cabeza. María había sido alguna vez obesa, pero pudo operarse el estómago y ahora está en su peso ideal y su autoestima mejoró mucho. Es soltera y vive con su mamá pero no pierde la esperanza de tener novio. Un atisbo de esperanza sobre el comportamiento ciudadano que tan ausente ha estado en los últimos tiempos surgió para mi.

Se que este hecho es quizás aislado, o quizás no, quizás lo que hace falta es que otras personas que han vivido experiencias similares lo cuenten y no solo contemos lo malo que vemos o vivimos a través de las redes sociales, a nuestros vecinos o amigos. Se vale darle valor a las cosas buenas que todavía hay, que pasan, y que son aquellas que nos van a ayudar a sobrellevar la situación que vivimos. Se también que tener un buen comportamiento ciudadano y ayudar a otros no es la única solución para muchos de los problemas que nos aquejan y que requieren de medidas de fondo que en mucho no están a nuestro alcance, pero sí estoy segura que apoyarnos en estos tiempos es primordial para no matarnos por un pedazo de carne.

No estoy en una burbuja, vivo en Caracas, Venezuela y me afectan todos los problemas que aquí tenemos. No les resto importancia, pero pienso cada día en como puedo aportar algo en mi entorno para sobrellevarlo todo. Así que seguiré compartiendo mi pedazo de carne, mi cuota de papel tualé, de leche o de lo que consiga, no como una aceptación de la situación, ni como una muestra de conformismo, ni porque sea una santa, ni quiera ser buena, sino porque creo auténticamente que ese comportamiento es el que puede hacer que luego de tanta destrucción podamos levantarnos de nuevo y reconstruir nuestro país. Ese tiempo, vendrá.

 

25 historias

Ibamos las dos solas por carretera, mi hija y yo, en un viaje que nos inventamos por los Estados Unidos en Septiembre 2014. Arrancamos en Atlanta y subimos por toda la costa Este hasta de llegar a Boston y de vuelta por el centro del país y a través de los bosques. En el trayecto nos planteamos conocer y fotografiar a un desconocido, al menos uno por día.

La idea era llegar a los lugares que visitamos, por primera vez, donde pasaríamos horas o máximo un día o dos, entrompar y conocer a alguien, compartir un poco con las personas del lugar, una manera de conocer no solo el espacio geográfico, sino a su gente.  Lo hicimos con la cámara del celular, que es la mejor cámara que teníamos (la que siempre tienes encima), entonces resultó en un proyecto Lo-Fi que compartíamos diariamente por Instagram.

Confieso que fue complejo, sobre todo porque nuestras características personales son complejas también. A pesar de lo que piensan muchos, mi hija y yo somos bastante tímidas y retraídas en lugares nuevos. Conocer y retratar a desconocidos debe provenir de una decisión propia y responsable, ya que generar esa conexión que hace del retrato algo especial es un don en tan corto tiempo es algo que se tiene o no se tiene; hay quienes lo hacen de modo muy natural, se les da eso de conversar abiertamente con todo el mundo, y rápidamente “meterse a la gente en el bolsillo” como dicen por ahí, luego tomar una cámara e inmortalizarlos.

Debo corregir algo: dije que generar esa conexión especial es un don “que se tiene o no se tiene”. Pero hoy día, después de conocerme, haber vivido la experiencia con desconocidos como un ejercicio para confrontar lo que considero una de mis limitaciones y consciente de que no cuento con naturales habilidades para conectarme con la gente rápidamente, me hizo entender que soy una persona muy empática, y que abrazar esa capacidad me hace capaz de poder conversar, colocarme en la situación de otros y deslastrarme de lo que siempre he pensado es un obstáculo. Así que no tendré un regalo de dioses, pero sé como apoyarme en mis fortalezas.

Cada vez que veo un bello retrato, bastante cercano y le pregunto a su autor cómo se llama la persona retratada y no sabe responder, sufro una pequeña decepción. Quizás no sea un pecado, pero algo en mi piensa: “Que bonito que ese rostro tuviese nombre”. Robarle una foto a un desconocido, lo he visto mucho. Hacer retratos en la calle, también. Involucrarte, conocerlo, y poder retratarlo bien, poco. Este pequeño proyecto de imágenes móbiles me dejó (más allá de la imagen) un aprendizaje  de clase mundial. 

Justo en este año una de esas historias con rostro y con nombre, la primera foto que acompaña este post, será publicada junto a muchas otras en un libro de emprendedores venezolanos y que será editado por Banesco Banco Universal e Igers Venezuela. Entonces creo que valió la pena el esfuerzo, no por haber ganado, sino porque la historia de Lisa, la venezolana que abrió una arepera en Atlanta, ahora será conocida por muchos gracias a esa iniciativa y eso me alegra un montón.

Dejar una huella en estos ahora no tan desconocidos, y que ellos dejaran algo en mi fue lo más bonito de todo este pequeño proyecto. Por eso creo que vale la pena juntar el resto de las historias y que trasciendan quizás un poquito más allá. Por eso se las dejo aquí; acompaño cada foto con la historia y con algo que aprendí acerca de tomar fotos a desconocidos.

Gracias por verlas y compartirlas.

Dedico esta publicación a Claudi Carreras, quien por allá en el 2012 en la revisión de portafolios de Descubrimientos PhotoEspaña de ese año me sugirió que la siguiente vez que visitara USA buscara y fotografiara latinos y sus historias, y que le enviara el resultado. Lamentablente no viajé más, hasta este año, por esas tierras.  Claudi estaba editando el libro LATINO U.S.: COTIDIANO por esas fechas.  Lo recordé mucho cada vez que conocí y retraté la historia de algún latino.

1/25: Ella es Lisa, vive en Atlanta y allí fundó Arepa Mía una arepera que tiene un exitazo y que ya tiene dos sucursales. Me enamoró su sazón, que ella misma estaba en la cocina, y que estando botada por esos lados me hiciera recordar un poquito a mi Venezuela. A Lisa le pedí amablemente un retrato para publicarlo en mi Instagram y me regaló esa sonrisota, por lo que aprendí que la sinceridad siempre es lo mejor para ganarse la buena voluntad y un retrato de un desconocido.
2, 3 y 4/25: Ellos son los hermanos Jermain, Jeremy, y Jersey. Desde 1956 su familia vende “barbacoa” en Eastpoint, Atlanta. Su puesto está en una carretera en el medio de la nada pero el olor es delicioso, llevan el horno en una camioneta y ahí se instalan. Al saber que era venezolana dijeron varias palabras en español y rieron tratando de recordar qué cosas recordaban, me di cuenta que el  humor es un factor diferenciador, rompe hielos y abre puertas, la risa es definitivamente un conector con personas desconocidas.
5, 6 y 7/25: Clever y Raquel viven en Atlanta desde hace 3 años, el es de Ecuador y ella de México, se conocieron en USA y se hicieron novios. Nati, la mamá de Clever vive en NYC y los visitó por unos días, “rápido porque tengo que seguir atendiendo el negocio”. Allá en NY ella vende ropa. Hablar el mismo idioma nos acercó, estabamos en el mismo lugar y al escuchar que eramos hispanos fue automático que empezáramos a hablar, así que hablar en mi idioma sin pretender ser de otro país o dominar un idioma extranjero fue el factor que me hizo ganar esta foto.
8/25: Marcelo tiene raíces latinas, pero de hace más de tres generaciones. Originario de Detroit se mudó a Orlando y después a Atlanta por sus estudios en SCAD (Savanah Collegue of Arts and Design), trabaja como mesero. Encontrar en común con mi hija su amor por las artes fue nuestro punto de conexión, a partir de ahí la conversación se hizo más personal y tornó en este bonito recuerdo. Aprendí que buscar puntos en común con esa persona que acabas de conocer definitivamente es el inicio de una buena conversa que seguramente terminará en un buen retrato.
9/25: René es suizo, su esposa nicaraguense. Vino a Atlanta hace 18 años por las olimpiadas y se quedó. Trabajó en escuelas y ahora es guía de turismo en el centro de la ciudad. Habla perfecto español y ahí de nuevo estuvo la conexión, en el idioma. Cuando hablamos y nos contó de su esposa latina, no dudé en decirle que eramos de Venezuela y empezó a hablar un español pulido y limpio. Fue lindo hablar con este suizo latinizado en Atlanta.
9/25: Ronald es cantautor de reggeae. Originario de Saint Thomas, visitó Venezuela de pequeño y ahí fue donde nos quedamos enganchados hablamos, encontramos en común esa visita a mi país y le preguntaba sobre su experiencia. Se mudó a Atlanta para grabar su CD, dice que es una ciudad amable con la música, como cualquier ciudad sureña de USA. Su meta es ganar un Grammy. Otra vez, las experiencias comunes nos unen, nos conectan y aunque no lo creamos, son más de las que pensamos.
10/25: Mario es mejicano, de Acapulco. Llegó a Arizona muy pequeño y tiene 6 años en Atlanta. Dice que “acá en Georgia son muy estrictos con las leyes” en un español con acento raro que denota que no lo habla muy seguido. Nos cocinó en el cumpleaños de mi hermano, el cumplía con su trabajo y debía hablarnos, pero cuando empezamos a a preguntarle sobre su historia personal se sorprendió. “Acá nadie se preocupa por quien eres”; conectar emocionalmente me sirvió para sacarlo un poco de su timidez.
11/25: Alfredia fue nuestra compañera de mesa, norteamericana, sureña de Missisippi. Desde hace 31 años enseña inglés como segunda lengua y nos cuenta que casualmente este año ha tenido muchos alumnos venezolanos. Menuda y sonriente fue feliz durante todo el rato hablándonos a sus anchas de su amor por la docencia. Escucharla con atención nos hizo entrar en confianza y finalmente permitir que nos regalara un retrato espontáneo.
12/25: Richard nació y creció en Washington, dice que toda la vida siendo vendedor informalde agua en las cercanías del Congreso le ha llevado a conocer mucha gente. No piensa que sea cierto que USA sea un país de oportunidades, sino que cada quien se las construye, no importa en el país en donde esté. Richard tenía muchas ganas de contar su historia y él nos pidió el retrato, quería trascender de algún modo y ahí estuvo la clave.
13/25: A Brian lo conocimos en una estación de servicio antes de entrar a Nueva York. El se nos aproximó para llenar el tanque y le pidió una canción a mi hija Ariana en el ukulele. Contento cantó e hizo su trabajo, al terminar nos bendijo y solo le pedí una foto. “¿Cuál es tu historia Brian?”, pregunté;  “Nacido y criado en Jersey, es todo. Dios las bendiga otra vez”. A veces sobran las palabras y no es mucha la conversa. No había que decir mucho para saber que la canción que mi hija había tocado había sido lo mejor que había pasado en el día de nuestro nuevo amigo. Saber entender cuando no debemos preguntar más, también es clave cuando nos aproximamos a un desconocido.
14/25: Trás la máscara de Elmo los ojos de Victor se iluminaron cuando le pregunté su nombre y su historia. Siempre había tenido curiosidad por lo que hay detrás de los muñecotes de Times Square. Seguir ese instinto me hizo acercarme y preguntar; nos contó que es peruano y allá trabajaba en las minas pero decidió aventurarse hacía 4 años en norteamerica siguiendo a varios amigos que le decían que sería estupendo. No fue así. Hoy vive en una habitación compartida con varios en New Jersey, gana lo suficiente para pagar eso y comer. Dice que no puede volver a Perú. Su abrazo de despedida fue cálido y sentido, no tuvo problema en regalarnos un retrato con su rostro descubierto que no es lo que usualmente le piden los turistas.
15/25: A José le dicen Pancho, es puertoriqueño con 50 años en Manhattan. Lo conocimos mientras pescaba en el East River Park. Lo que me acercó a el fue una purísima curiosidad, necesitaba saber si realmente se podía pescar algo en ese río y si era comestible. José se ríe y me contesta que lo que se pesca no es para comer, que es algo recreativo y practica lo que llaman “catch and release” (atrapar y soltar) que además es algo exigido por la Ley. Pasa sus tardes así, bajo el sol en las riveras de ese pedazo de mar que llaman río.
16, 17 y 18/25: Ellos son Fred, Gino y Big Daddy, hacen Hip Hop y venden discos en la calle. Hacen música desde chiquitos. Gino tiene familia hondureña, Fred y Big Daddy norteamericanos puros según ellos, del Bronx. Ellos trataban de vendernos discos, nosotras les sacamos sus historias y les pedimos retratos. Realmente aprovechamos una oportunidad natural que surge en las calles de Nueva York, donde los extraños se aproximan a ti.
19/25: Yona fue nuestro casero en nuestra estadía en Nueva York. Digamos que fue un desconocido/conocido. Nació y creció en Brooklyn y luego su familia de origen argelino pudo comprar apartamentos y alquilar inmuebles. De eso viven. Hasta que nos fuimos solo nos habíamos comunicado por correo y quise romper esa comunicación virtual con una conversación amena en la que supe que le gusta el rock, la música, el vino, y las veladas tranquilas en casa. Finalmente fue feliz con su retrato, y yo también.
20/25: Everenize o Capitan Mack como prefiere que le digan es uno de los muchos trabajadores del Freedom Trail en la bella ciudad de Boston. Es bostoniano, Licenciado en Historia Norteamericana, da clases en la Universidad de Massachussets y desde hace 6 años decició trabajar como uno de estos personajes que guía a los turistas por los sitios más emblemáticos de la ciudad y les cuenta su verdadera historia de una manera divertida. Piensa que los libros están llenos de versiones de la historia y por eso con buen humor se encarga de desmentirlas una a una. Mostrar interés, lo cual fue auténtico, en su labor fue algo que hizo que conectaramos rápido y pude sentir el orgullo, que además muestra en su retrato, de ser profesor.
21/25: Su nombre es Cjaiilon, pero le dicen Snap Boogie lo cual es mucho más fácil de pronunciar. Baila en las calles y realiza un performance que incluye acrobacias y algo de humor. Es bastante tímido, pero cuando se mete en su personaje bailarín y logra otra energía cambia completamente. Su sueño es juntar dinero para estudiar y abrir un teatro propio; su proyecto es baeutyinthestreets.com y fue sexto finalista de la última edición del concurso America’s Got Talent. Pedirle una sonrisa rompió el hielo de inmediato entre nosotros, se desarmó en su personaje y me mostró al verdadero chico de la calle. Al final de la conversación solo dijo “No se como despedirme, así que solo dame un abrazo”, y así fue.
22/25: Vladimir es artista de globos, lo vimos en Boston Common y fue inevitable acercarnos. Con su amabilidad logró alegrarle el día a mi hija. Además de hacer globos, hace body painting y ha participado en concursos internacionales de escultura con globos que son increíbles. Es bostoniano de pura cepa.
23/25: Ella es la simpatiquísima Lauren, trabaja en un restaurante de comida country. Tiene solo 20 años y estudia Educación en Literatura y lo que desea es dar clases a personas especiales para lo que debe hacer un doctorado y por eso trabaja desde muy temprano. Su pueblo natal es Allentown en Pensilvania, donde la conocimos. A ella le conté la historia de nuestro reto de retratar desconocidos, y con gusto me regaló su estampa.
24 y 25/25: Janet y Jim son amigos y viven en Maryland que es la ciudad natal de Jim que habla un poco de español porque su mamá es boliviana. Janet es de Barranquilla, Colombia y tiene 8 años en USA. Jim ama el parque y nos contó que de pequeño solía acampar con sus padres. Aceptaron nuestra invitación para compartir la mesa de almuerzo, una comida siempre junta las voluntades. En la foto mi hija Ariana, mi cómplice en esta travesía.

Un viaje sin retorno

“La Diosa quiso recibirlos y regalarles este viaje” dijo Ricardo en sus palabras de despedida, el hermano pemon de 52 años que fue uno de los porteadores y guía durante la expedición que hicimos durante 8 días al Roraima Tepuy, el último de los Destinos Foto Arte del año 2014.

Cuando Arianna Arteaga y yo nos sentamos a finales del 2013 a planificar los viajes del siguiente año y nos planteamos hacer un destino “exigente”, jamás pensamos que cambiaría nuestras vidas de la manera en que lo hizo. Para Arianna sería la tercera vez que subiría al tepuy y para mi, y para la mayoría del grupo, la primera. Seguirá siendo una anécdota que nos echamos la culpa la una a la otra acerca de la decisión de haber elegido Roraima como el destino más ambicioso en el proyecto de paseos fotográficos que lleva en conjunto La Escuela Foto Arte y Al Aire Libre, pero a estas alturas ya no importa. Solo nos reimos y gozamos.

Doce fotógrafos, amateurs y profesionales, cada uno movido por razones personales decidió emprender esta aventura y nosotras los acompañamos. Mucha ansiedad rodeó los días previos al viaje, Arianna y yo nos debatíamos entre nuestros propios retos y miedos personales y la responsabilidad de llevar a este grupo a una expedición que por mucho dista de un paseo fotográfico tradicional, donde las comodidades son pocas, las exigencias muchas, tanto físicas como mentales, y en un momento nos dimos cuenta que no se trataba de un paseo de profes y alumnos, sino de un viaje en equipo y que debíamos apoyarnos los unos a los otros para poder llevarlo a cabo. Y así fue como lo hicimos, abrimos el pecho y el corazón, confesamos nuestras inquietudes, e invitamos a todos a convertir el viaje en una experiencia personal y espiritual, donde de paso tendrían la oportunidad de fotografiar, los instamos a llevar equipo mínimo, aquel con el que se sintieran cómodos, sin alardes técnicos que luego pesarían en el camino; no fuimos profesoras, ni guías, fuimos integrantes de un grupo de entusiastas con las mismas expectativas, ansiedades, miedos y retos por delante.

Así fuimos, y así nos recibió  “La Madre de todas las Aguas” como algunos traducen “Roraima”, la fecunda roca de los torrentes. Nos aproximamos y subimos a ella con respeto y humildad, conscientes de ser intrusos en un territorio antiguo y místico, lleno de enigmas y mundos perdidos, seguimos al pie de la letra las recomendaciones de nuestros hermanos pemones que nos dieron permiso de entrar en su zona sagrada y en retorno Roraima que se muestra de lejos grande, inalcanzable y llena de nubes y lluvia, se entregó a nosotros en días de cielo abierto, arco iris, abismo despejado y noches frías pero amables.

“Lo hicimos otra vez” me dice Arianna cada vez que regresamos de un destino, y esta vez me lo dijo mientras mirábamos de frente al Tepuy imponente que hacía unos días habíamos tenido bajo nuestros pies. Lo contemplamos, y era difícil creerlo, pero sí, lo habíamos hecho otra vez.

Mi hija me pidió muchas veces antes de iniciar el viaje que por favor regresara, yo no entendía mucho, pero ahora que voy en carretera mirando el tepuy a lo lejos, rumbo a casa, creo saber a lo que se refería. Siempre dejamos algo de nosotros en la cima, yo dejé parte de mis miedos, mas no todos, pero si los suficientes para emprender nuevos ciclos con nueva energía, dejé cierta desesperanza inevitable por estos días en que nuestro país ha sido tan maltratado, dejé inseguridades y un sinfín de complejos. Todas esas cosas viajaron sin retorno, se volvieron agua, y espero que no vuelvan. Alguien quedó allá y regresa aquella que siempre debió ser, aquella que no debía quedarse como me pidió mi hija.

Todo fue posible gracias a Autana Aventura, al maravilloso guía de tepuyes Igor Elorza, a la incansable Arianna Arteaga, a nuestros hermanos pemones y a cada uno de los que decidieron compartir esta experiencia: Mario, Ricardo, Juan, Lisbeth, Ana María, Mariana, Diana, Jessy, Joleydis, Karina y Anabella, Azalia.  A todos ellos wakupecruman, que significa “agradecimiento” en pemon.

Disfruten de Roraima, bajo mi humilde lente. Así la vi, y así se las muestro.

Roraima desde el camino hacia el Campamento del Río Kukenán, nuestra primera parada en la caminata hacia el tepuy.
Arianna Arteaga en el camino hacia el Río Kukenán, a lo lejos la iglesia fundada por monjes capuchinos primeros en llegar a este lugar en donde inicialmente estaba la población de Paraitepuy (que significa “hacia el tepuy”) y en donde todavía hay restos de bases de chozas y sitios de cocinar de los habitantes originales. Posteriormente y tras el nombramiento del lugar como Parque Nacional, el poblado se mudó unos 12 kilémetros más cerca de la carretera para evitar la contaminación y presencia de automotores en la Gran Sabana. Historia contada por Igor Elorza.
En estas cestas, llamadas “guayare”, los pemones transportan la comida, enseres y equipaje del campamento. Foto en el Campamento Kukenám.
En el campamento base, al pie del Roraima, esperamos al siguiente día para emprender la subida. En la foto Diana y Mario Goncalves, admiran la sabana y señalan el camino por donde llegamos.
Vista del Tepuy Kukenám, vecino del Roraima, menos fercuentado por su dificultad de acceso. Algunos lo llaman “El maldito” porque según cuenta allí los chamanes realizaban sacrificios, llueve el 80% del tiempo y debe subirse con permisos y mucha precaución. El salto que se ve es el nacimiento del Río Kukenám, y sería el salto más alto del país si no estuviese seco en el verano.
Uno de nuestros hermanos pemones, con su guayare a cuestas en la cima de Roraima. En minutos el cielo se abre en azules, y en otro minuto la nube se posa sobre nosotros.
Mundos perdidos en la cima del Roraima, espejos de agua e islas de plantas por doquier.
Mundos perdidos en la cima del Roraima, espejos de agua e islas de plantas por doquier.
Arianna Arteaga Quintero en la cima del Roraima.
Otro de nuestros hermanos pemon, Ricardo, que llamábamos “El Angel” porque cada vez que lo necesitabamos estaba presente y salía de la nada a ayudar.
Milagros tiene 27 años, fue una de nuestras porteadoras, cargando 15 kilos de equipaje en su guayare. Las mujeres son fuertes y aguerridas, calladas pero con mucho temple. Milagros habla español, pero muchas mujeres pemon no lo hacen. Aquí un retrato en nuestro “hotel” (cueva donde nos resguardamos por dos noches) en la cima del tepuy.
La cima del Roraima tiene varias cuevas en sus formaciones fantásticas que son usadas por las expediciones como resguardo y establecer campamento. Aquí el Hotel El Guácharo, donde estuvimos por dos noches.
Los amaneceres era fantásticos porque primero son muy nublados y en minutos se abre el cielo en azul con una luz fantástica. Gocé con estos contraluces desde el hotel. En la foto, Diana Goncalves.
Nuestros hermanos pemones recibiendo los primeros rayos de sol. En esta foto se me antojan como un grupo de súper héroes, y la verdad que lo son. Humildes, amables, serviciales y sobre todo con mucho temple. Admiración para ellos.
Paisaje de playa con arena rosada. Arriba encuentras variedad de paisajes a solo metros de distancia. La arena rosada es producto de la erosión de la piedra, es mu suave y forma “playas” en varias partes de la cima.
Mundos perdidos, formaciones extraordinarias de todas las formas. Gozamos adivinando, allí hay una especie de gárgola.
Los jacuzzis son un clásico tepuyero, como dice Arianna Arteaga. Son piscinas de agua cristalina y fondo de cuarzo que parecen salidas de un mundo de fantasía. En la foto Mario Goncalves, antes del chapuzón correspondiente.
Desde el borde, Igor Elorza, nuestro guía, se asoma y admira la belleza de la Gran Sabana en un día despejado.
El borde es un lugar para sentarse y admirar la grandeza que te rodea. Creo que era el sitio favorito de Diana Goncalves, que subía por segunda vez.
El grupo en el borde del Roraima y al fondo el Kukenám. Solo hace falta Mario Goncalves en la foto porque andaba curioseando por ahi 🙂
Selfie con Roraima, en la vuelta el día nos regaló un atardecer hermoso para verlo por última vez. Parece mentira que lo subimos y lo vivimos.
Roraima Tepuy, en mi última vista.

Revisitar Caracas: una invitación personal

Siempre he dicho que mi relación con Caracas es compleja. En algún momento, cuando mostré mis trabajos lomográficos “Todavía vivo Caracas” decía que era como una joven puta, que recibe golpes duros pero bajo los moretones, bien maquillados y disimulados, siempre surge su piel bonita y risueña, y hasta tiene todavía muchas sonrisas que regalar.

Cuando Yuly de la Alianza Francesa me contactó para invitar a La Escuela Foto Arte a participar en el Mes de la Foto durante Noviembre 2014, lo vi como la oportunidad perfecta para mostrar, más que fotografías, la experiencia que a través de la cámara había vivido un grupo de estudiantes tras aventurarse a fotografiar en la calle de la tan temida, convulsionada, maltratada y sobreviviente Caracas. En Agosto de este mismo año habíamos realizado, de la mano de mi hermano del alma Eleazar “Caps” Briceño y su pupilo Mario Goncalves un taller de Fotografía de Calle que tuvo gran convocatoria: 18 personas que con gran ansiedad y expectativa dijeron “si” a la posibilidad de fotografiar en las calles de nuestra ciudad. Teníamos entonces una labor de curaduría titánica, de entre unas 180 imágenes excelentes, elegir sólo 10 que representaran las diferentes emociones que es posible vivir a través de escenas y escenarios cotidianos de Caracas.

Así las cosas, diseñamos “Ciudad Revisitada: ensayos breves” una muestra colectiva que se plantea como una invitación a volver a ver, a re-mirar, y conectarse de un modo diferente con la ciudad que habitamos diariamente y que no nos detenemos a ver.  El diseño museográfico de Luis Eduardo Alonzo, plantea un rompimiento del clásico lienzo blanco de la pared que se ve cruzado por una  franja de gris concreto que, a modo de calzada, se convierte en una vía para transitar las imágenes  acompañadas de un breve ensayo escrito por cada autor.  Una imagen por pared, en un respiro, amplio y profundo; un gran descanso para mirar con calma y en contraste con la convulsionada ciudad cada fotografía como una expresión única e irrepetible. Junto al texto de sala, en sendos monitores se despliega un time lapse de la ciudad elaborado por Diego Mojica y testimonios de los participantes y tutores del taller.

Para mi, participar en la curaduría al lado de Luis R Lipavsky, en el cuidado trabajo de Luis E Alonzo, contar con el apoyo de Aglaia Berlutti, Mario Goncalves, Ineles Di Donna, Djain Fiallo, y María Eugenia Losada sin cuyo trabajo no sería posible el Mes de la Foto para La Escuela Foto Arte, no solo es un placer, sino una reafirmación de que, definitivamente, la fidelidad, reciprocidad y amistad, se demuestran con acciones desinteresadas y amables que solo son posibles cuando trabajas en familia. Me siento privilegiada y muy bendecida por ello. No tengo palabras suficientes para agradecerlo.

En nombre propio y de La Escuela Foto Arte muchas gracias a la Embajada de Francia, la Alianza Francesa, especialmente a Yuly Marrero, por abrir estos espacios tan importantes para la fotografía en Venezuela y desde ya nuestro compromiso para continuar trabajando para que siga siendo posible en el futuro. Obviamente también al patrocinante principal de esta muestra, La Terraza de la Foto, que ya se apuntalada como un espacio de encuentro para la fotografía en nuestra ciudad.

Agradecimientos adicionales para Edgar Rodríguez, Martín Rodríguez y Giacomo Migliorini, que amenizaron la noche con buena música en vivo.

Sin más, los invito a visitar la muestra y a revisitar Caracas.

Donde: Sede La Escuela Foto Arte (9na Transversal con 7ma Avenida, Quinta Alex, Altamira)
Cuando: Martes de Viernes – 9 am a 7 pm (para verificar horarios en que todas las salas estén disponibles favor llamar al 0212.2633309)

Un espacio que habla en imágenes, que nos rescata a nosotros mismos y a la ciudad como alma que quiere ser visible”- Claris Tigreros (Foto y texto)

 

Seis palabras

Tenía 3 años sin ver a mi hermano Armando; él vive fuera de Venezuela mucho antes de la era de la emigración venepesimista. Desde tempranito supo que su vida no iba a funcionar muy bien en este país de mentalidad de petrodólar y machismo absurdo, así que cuando tuvo el primer chance y gracias a su maravilloso coeficiente intelectual alzó vuelo becado y con todos los gastos pagos y más nunca vivió en el norte del sur. Algunas escapadas por algunos meses, seguidas de huídas intempestivas, una intentona de vuelta con frustración de realidades, un matrimonio, un divorcio, la madurez y el tiempo hicieron que tenga ya más de 20 años fuera del país. Es mi hermano el emigrante. El profesor, el investigador, el intelectual, al que admiro y con quien siempre odiaba jugar “Sabelotodo” porque no había quien le ganara, pero a quien quiero a chorros. Es padrino de mi única hija y vino a Venezuela especialmente a bautizarla aunque no entiende esos rituales. Tío-padrino de la única sobrina, la única nieta, la única descendencia de la generación de los 60 y 70 de los Montilla-Navarro.

En fin, ese no verlo por tanto tiempo, ese susto de ver como los pasajes subían y subían, esa incertidumbre de qué va a pasar después, de ésta puede ser la última oportunidad, de apúrate que después no sabes, me hizo meterme en internet y lanzarle un tarjetazo doloroso pero bien pensado y largarme un rato con destino a la casa gringa de mi hermano en Atlanta. Sin CADIVI y sin un cuerno, nada de eso importaba. Por supuesto, arrastrando con mi hijita querida a quien le di con mucho esfuerzo su viaje de cumple-graduación-navidad y conexos, porque “de aquí pa’ lante nadie sabe”. Sabía que era uno de esos viajes de los que uno vuelve con el corazón arrugado, con trancazos por las costillas y más arriba (además del bolsillo), preguntándose cosas, cuestionándose todo, porque al fin y al cabo, él se iba a quedar, como siempre y nosotras ibamos a regresar, quien sabe a donde.

La cosa es que ya montada en ese burro, y sabiendo lo que venía,  pues lo que tocaba era arrearlo, como dicen por ahí, y ya estando allá como para olvidarme del asunto me inventé que nos encaramaramos en un carrito alquilado y largamos por la carretera a ver qué destino lográbamos en 25 días que teníamos por delante. Con las mismas recorrimos un pocotón de millas (no quiero sacar la cuenta de los tanques de gasolina), conocimos 10 ciudades en 10 estados de USA y paramos por más de una noche en seis de ellas.

Por más que quise engañarme, la fotografía es el reflejo de lo que sentimos y cómo nos conectamos con los lugares que transitamos. Al menos así lo vivo diariamente, así es mi experiencia a través del lente. Disparé poco, observé mucho; no fui turista, fui de alguna manera una interprete de lo que sentía en la medida que recorría cada lugar. Así iba, con esa sensación crítica por delante. Aquí lo que edité como resultado de mi viaje. Son solo seis fotos, seis palabras.  Nada más, nada menos. Verlas fue identificar cada sensación en cada lugar, en una mirada aparentemente desafectada, en medio de tanta frontalidad. Un viaje nostálgico de vuelta neutral que se resume en seis palabras.

Atlanta, Georgia: Abandono
Charlotte, North Carolina: Poesía
Washington DC, District of Columbia: Indefensión
New York, New York: Sobrevalorado
Boston, Massachussets: Perfectible
Charleston, West Virginia: Inmensidad