Archivo del Autor: Arlette Montilla

De lo ordinario a lo extraordinario

“El fotógrafo ve cosas todos los días, pero si no las recuerda, si no las cuenta; entonces se han perdido para siempre” – Emmet Gowin

Resulta fácil reconocer que una de las cualidades más indiscutibles de la fotografía es su capacidad de inducir y conferir interés a los asuntos más inesperados. Pareciera muy obvio que al fotografiar una situación especial, una persona famosa, una historia de vida resaltante o un lugar fantástico, la temática de la imagen llamará la atención por si sola y luego, por supuesto, viene la admiración por la imagen, por cómo se hizo, por la técnica y por lo que transmite. Pero no cabe duda que gran parte de la atención del espectador hacia la fotografía vendrá dada por lo extraordinario de la situación que se muestra. Pero ¿siempre las buenas fotografías tienen que ver con lo fuera de lo común o aquello a lo cual no tenemos acceso?. En este sentido, la cotidianidad siempre ha estado presente ante la mirada de los hacedores de imágenes; fotografiar lo ordinario, aquello que pasa cada día, ha sido recurrente en muchos de ellos y han desarrollado su trabajo alrededor de lo cotidiano desde los inicios de la fotografía, en algunos casos por decisión personal, en otros casos por las circunstancias, convirtiéndose en verdaderos íconos de la temática diaria como trabajo autoral.

En Europa, durante la Segunda Guerra Mundial y tras la ocupación nazi, salir a la calle a hacer fotografías con una cámara era algo llamativo, no muy bien aceptado y un pasaporte seguro a la cárcel. Así, en Praga, Josef Sudek , quien había perdido un brazo en la Primera Guerra Mundial, se recluyó en su estudio, y se dedicó a fotografiar su casa y su jardín, lo cual convirtió en su rutina. De allí surgió  “La ventana de mi estudio” (1940-1957), que recoge fotografías de la única ventana del estudio del artista que daban a un lastimero jardín con un árbol torcido y poca vegetación, pero por la que se dejaba colar una luz envidiable. Fotografías de una ventana empañada, con nieve o con gotas de lluvia, pudieron ser tomadas en cualquier ventana, ese jardín podía ser cualquier jardín, pero no, eran las de alguien recluido por unas circunstancias especiales. Así también fotografió sus papeles, sus estantes, sus altares, sus santos, sus tazas de café, un florero con una sola flor, todo bañado por la luz maravillosa de esa única ventana. Todas estas imágenes se convirtieron en el retrato del artista, de su vida, y su ambiente. Ninguna de las fotografías son una proeza, no arriesgó su vida por ellas, fueron hechas concienzudamente, y obliga a la mirada de quien las ve a que se acostumbre, a que tenga la misma paciencia que él imprimió en su realización para entender lo que quieren decir.

Mucho más adelante, a partir de los años ’70, el panorama de la fotografía cambió radicalmente. La cuestión de la identidad individual se convirtió en un aspecto relativo a la modernidad, paralelamente a través de la fotografía se comenzó a reflexionar sobre fenómenos sociales, dando pie a una forma de comunicar distinta. Fue la época en la que empezó una mayor aproximación entre los “fotógrafos-artistas” y los artistas que usan la fotografía como medio. El punto común fue la necesidad de tratar los instantes, los objetos, y los lugares de la vida cotidiana, lo cual fue siendo cada vez más el foco de los artistas. Henry Lefevbre, sociólogo marxista famoso en estos años convulsionados, nos dice que ” la vida cotidiana es reconocer y entender comportamientos, costumbres, proyección de necesidades, captar cambios a partir del uso de los espacios y tiempos concretos”. En esa época aparece la norteamericana Nan Goldin con su ensayo “La Balada para la dependencia sexual”, una serie de fotografías en las que, con una cámara sencilla y una estética de instantánea, muestra escenas desenfocadas de la vida que compartía con su grupo de amigos, su pandilla. Fotografiaba a sus amigos, sus amantes, sus acompañantes de viaje. Maquillándose en el baño antes de salir a una fiesta; bebiendo, charlando, preparándose una línea de cocaína o besándose durante la fiesta; llorando, haciendo el amor o durmiendo en camas solitarias después de una noche de copas. Inmediatas, rápidas, movidas porque a veces estaba muy borracha como para hacer foco, las fotos de Goldin son tan documentales que a menudo hacen las veces de la memoria perdida por el alcohol o las drogas, esas cosas que se borraron de su mente, y le recuerdan cómo sucedieron en realidad. Son retratos, documentos, pruebas, homenajes, gritos de amor desesperado, pedidos de auxilio. Como ese autorretrato en el que Goldin, golpeada y con un ojo inyectado de sangre, mira a la cámara impasible y muy segura, maquillada y arreglada, mientras al pie de la foto un texto simple dice: “Nan después de haber sido golpeada”.

“Solo puedo fotografiar las cosas que me pasan, porque no tengo mucha imaginación. Lo que sucede, dice, es que no controlo tan bien la vida real, entonces hago de ella algo que se debate entre el documental y la ficción.” – Sophie Calle

La vida como una historia es el motivo de la artista conceptual Sophie Calle, que usa la fotografía como medio en combinación con el texto. Juega con la percepción que el público tiene sobre lo privado y lo público, a menudo se basa en el fotoperiodismo, la antropología o el psicoanálisis, y para la estructura formal de su trabajo se basa en la literatura, el periódico y la fotonovela. Novela negra, humor, voyerismo son factores fundamentales en su obra que apelan a la curiosidad y a las emociones del público. Nos empuja a preguntarnos ¿qué es real?¿qué es imaginario?. Ella jamás ha develado el misterio. Su particular forma de ver el mundo es un regalo para la sociedad y para la natural curiosidad sobre la vida del otro que nos acomete. Ella reta el concepto de “cotidianidad” como algo aburrido y rutinario, lográndolo magistralmente.

Uno de sus trabajos más aplaudidos es “Exquisite Pain” (1989), donde manifiesta el espíritu más puro del diarismo visual y la fotografía de la cotidianidad. Es catalogada como la pieza maestra de la autora en donde combina el documentalismo, la ficción y el texto. Para entenderlo es necesario contar su historia. En Octubre de 1984 partió a un viaje por 92 días a Japón como invitada para una residencia artística, lo cual marcó una cuenta regresiva para la finalización de una relación de pareja que tenía para el momento. Inició un diario fotográfico para su estadía en Japón y en el transcurso de los días empezó a incluir textos que dejaban saber sobre el deterioro de su relación y como se sentía estando tan lejos. Algunas fotografías son alusivas a sus estados de ánimo, otras son postales de su viaje, pero todas con una estampa señalando el día va marcando la cercanía de su sufrimiento mayor. Posteriormente y a su regreso, muchas personas le preguntaban por su pareja y ella decidió contarles sobre su sufrimiento, pero a la vez preguntarles sobre cual había sido el momento de mayor sufrimiento para ellos. Inició entonces otro conteo de días, esta vez 28, en los cuales comparaba su sufrimiento del último día de su viaje con el de las historias que eran contadas por sus amigos o conocidos. Decidió entonces iniciar otro diario en donde siempre con la misma foto representaba su mayor sufrimiento y escribe cada día sobre eso, al lado de cada historia de sus amigos con una foto representativa de su dolor. En el 2004 editó un libro y realizó una exposición (la más grande y concurrida de toda su carrera) que narra su experiencia antes y después del dolor.

Así las cosas, en los tiempos 2.0, con la masificación de la fotografía y cámaras en todos los bolsillos y delante de todos los ojos del mundo, los cambios en la manera en como nos comunicamos, la revolución de las redes sociales y la relevancia de la reafirmación de nuestra identidad, ha hecho que los límites entre la vida privada y la pública sean cada vez menos perceptibles y la imagen ha tomado protagonismo en la comunicación de ese mensaje. La fotografía del siglo XXI, desarrollada ahora por todo aquel que tenga una cámara, se ha convertido en un archivo de la cotidianidad mundial, que se comparte al instante y todos vemos lo que hacemos, lo que comemos, donde estamos, de una manera tan masiva que resulta quizás absurdo e inaudito, y pasa tan rápido que termina siendo efímero y bastante fugaz. Para aquellos que no se dedican a la fotografía quizás sea irrelevante y muy natural, pero resulta que están formando parte, sin saberlo, de una revolución en el mundo de la imagen.

Algunos fotógrafos consideran que este fenómeno, imposible de obviar, no es rescatable y que trata solo de la banalización de la imagen, pero otros miran en ello un reto aún más importante y lo han tomado, y es justamente el entendimiento de cómo pasar de lo efímero a lo duradero, convirtiendo esos momentos diarios en algo que transmita y construya mensajes más allá de la imagen. Fotógrafos reconocidos en Venezuela fotografían su vida diaria y la publican en las redes sociales, construyendo un lenguaje y dándonos la oportunidad de adentrarnos en su manera de ser, pensar y vivir. En la red social Instagram, Vasco Szinetar (@vascoszinetar), Ricardo Gómez Pérez (@rgomezphoto) y Ricardo Armas (@rarmas7)  solo por nombrar algunos, publican constantemente desde su diario vivir, y tener acceso a sus fotos es un paseo por su cotidianidad vista desde la mirada de aquellos que, además, cuentan con gran trayectoria como retratistas y artistas visuales.

La vida cotidiana se convierte en un tema extraordinario, que parte de lo ordinario, de aquello que vivimos y pensamos no es del interés de otros, trasgrediendo la frontera de lo efímero, trascendiendo en el recuerdo. Lo cierto es, que estas fotografías son en alguna medida el reflejo de la realidad de muchos, y funcionan como una especie de lienzo en el cual podemos dibujar nuestras propias historias.

 

 

Ser pendeja como virtud moral

En Venezuela definitivamente tantas cosas han cambiado que ya no sabemos quienes somos, hemos perdido no sólo mucho de nuestra identidad, sino que algunos comportamientos, otrora rechazados abiertamente ahora se convierten en secretos a voces en los todos los círculos sociales donde situaciones absurdas se convierten en regulares, y las antes aceptables son minoría. El país del revés, del absurdo, en donde se vive una especie de momento eufórico donde el lema “agarre el que pueda” prela por delante de cualquier escrúpulo y por supuesto que “el último que apague la luz” está a la orden del día.  Sabemos bien que para el venezolano por encima de todo siempre aplica la ley del más vivo, también sabemos que pasamos por una crisis moral y económica sin precedentes, un país partido en dos, y un futuro incierto pero  ¿eso justifica entrar en el juego de la viveza criolla?.

Digamos que hoy lo dediqué a reflexionar sobre eso, no por casualidad, sino porque cada vez me toca más de cerca, así como la inseguridad que cada día toca la puerta del vecino y te levantas pensando que quizás hoy sea tu turno, también la “viveza criolla” hace cola en esa ruleta de desaveniencias que como venezolanos nos toca vivir y que te alcanza de las personas que menos piensas.  Y quizás ya es común leer los titulares de nuevos casos de corrupción política, o calarte la cara del funcionario del organismo público que quiere que le mojes la mano, o enterarte del nuevo guiso para poder comprar productos de primera necesidad, pero nunca esperas enterarte de que personas conocidas se inventen diferentes formas de corromperse, y no estoy hablando de meterse en un negocio sucio, también te corrompes de solo actuar movido por la mala fe, pensando solo en el interés individual y llevándote por delante los mínimos principios, queriendo ser más “vivo” que los demás.

La frase “viveza criolla” nació en el sur, por allá en Argentina y según la famosa wikipedia es una especial filosofía de vida, de querer siempre obtener alguna ventaja, de querer siempre recorrer la línea de mínima resistencia y mayor comodidad”. Me encanta como hasta en la enciclopedia libre este particular concepto existe, con tanto razonamiento e intelecto. Como buenos importadores que somos, no tardamos mucho en traer a nuestro maltrecho país esta manera de transitar la vida, irrespetando al otro, actuando sobre la base de intereses individuales, cayendo en la corrupción e hipotecando nuestros valores, algunos por dinero, otros por reconocimiento o fama, otros solo por joder. Creo en la maravillosa capacidad que tenemos los venezolanos para inventarnos cualquier cosa, para salir adelante, para innovar, y lo admiro un montón cuando se trata de ideas auténticas, que buscan sumar y no restar. Pero es lamentable cuando esa gran capacidad que tenemos toma un giro poco amable en aquellos que se inventan cualquier vía fácil para beneficiarse a costilla de otros y sin el mínimo esfuerzo.

Y me dirán que el cuento no es nada nuevo, pero ¿no les da arrechera que se aprovechen de usted? ¿que se les atraviese un “vivo” de esos en el camino y les fastidie un día?. Desde el que pone cara de bolsa encaramándose un bebé para pasar por delante de usted en una cola, pasando por el que se queda con el vuelto haciéndose el loco porque no tiene monedas, o los más indeseables, los que tratan de aprovecharse de ti de cualquier manera y creen que les queda perfecto. Me decidí entonces a restarle importancia, y  graciosamente se me atravesó en la mente aquel discurso de Cabrujas donde decía que eso de la “viveza criolla” no existe. Y fue como una epifanía, el pana tiene bastante razón. “Vivos son los alemanes, vivos son los japoneses”, decía. Claro, vivo es aquel que aplica eso de que la crisis es el mejor momento para crear, y lo hace eficientemente, construyendo algo sano y productivo. No es nada vivo el que creyéndose Einsten, dice que en momentos difíciles tiene más valor la creatividad que el conocimiento, usando la capacidad para crear de la peor manera, sin darse cuenta que la creatividad presupone conocer. Nada útil puede hacer aquel que no sabe, que solo repite, o mal hace, que se plantea eso de que “el fin justifica los medios” sin el menor decoro. Y ahí se le sale al venezolano su verdadera esencia, la del “wannabe”, eso de querer ser pero nunca alcanzarlo.

Yo, tajantemente afirmo, y esto es incuestionable, que en esta situación que vivimos, con la peor crisis económica y de valores que jamás hayamos vivido, decidí ubicarme en  el grupo de aquellos que trabaja incansablemente, que trata de generar ideas y negocios honestos, de valor justo, no solo para mi beneficio, sino para los que me rodean y la comunidad a las que alcance, a las personas talentosas en las que creo, siempre actuando de modo transparente, respetuoso y profesional. Incluso, en alguna oportunidad bromeaba con un amigo y le decía que pertenecía a un exclusivo grupo de venezolanos, de los que podrían llamarse “pendejos”, si es que los demás son unos “vivos”. Y nunca antes me había sentido tan orgullosa de ser TAN pendeja. Creo en el valor del trabajo justo, ni más, ni menos de acuerdo a la experiencia y la calidad, creo en que la palabra vale más que un contrato, creo en que el actuar de buena fe no tiene precio, creo que las buenas cosas se construyen con constancia, con cariño y mucho amor por lo que se hace, de manera auténtica. No me creo privilegiada, ni mejor que nadie, ni una pionera. Sí soy feliz porque conozco a muchos otros pendejos que siguen esta filosofía de vida, nos juntamos, y seguimos creando, porque un pendejo atrae a otros pendejos.  Pendejamente creemos en el país, en que es el mejor país del mundo, y que no tiene la culpa de los “vivos” que lo han destruído.

Y no, no voy a dejar la pendejera pues.

 

Por un vello público

El asunto de la censura al desnudo en las redes sociales más populares pica y se extiende; sin diferenciación entre lo que es pornografía y lo que es arte, de manera arbitraria, casi inmediata y sin preguntas de por medio, son eliminadas fotografías e inhabilitadas cuentas a diestra y siniestra por mostrar cualquier parte del cuerpo que sea catalogada como “ofensiva” para cierta población.

Al parecer la gente de Instagram (plataforma comprada por Facebook) tiene cierto prurito con el vello, tanto femenino, como masculino, en las fotografías. En el año 2013, la joven artista Petra Collins fue víctima de la censura al publicar una fotografía donde mostraba parte del vello púbico al usar un traje de baño, lo que la llevó a escribir un ensayo acerca de la censura y el cuerpo femenino.  Recientemente la cuenta de la revista australiana Stick and Stones fue suspendida  debido a que algunas de sus fotografías mostraban modelos a quienes se les podía ver algo de vello al usar trajes de baño.

Petra Collins

Foto: Petra Collins

Hay quienes afirman que tal censura solamente es aplicada cuando se trata de vello púbico femenino, y se han declarado en contra del sexismo en las redes sociales, sin embargo, nada es definitivo. El caso de mi talentoso alumno de fotografía Sandder Carrero demuestra lo contrario. Gran parte de su trabajo fotográfico está basado en el autorretrato, explora su cuerpo y mantiene una línea íntima y reflexiva en su lenguaje visual, por lo que ha sido severamente censurado en Instagram. En una oportunidad, una fotografía que dejaba ver su parte de su pene y por supuesto, mucho vello, duró muy poco tiempo en la red. “Era de esperarse”, pensé cuando vi como minutos después de su publicación y casi de inmediato fue borrada de la faz de las redes. A raíz de situaciones similares confiesa que se ha autocensurado, su trabajo comienza a ser menos íntimo y más “común”, sin que eso signifique que no sean buenas sus imágenes, pero me ha dejado con las ganas de seguir viendo la evolución de su lenguaje a través del cuerpo. Él se ha sentido presa de varios “cazadores” por mostrar su cuerpo sin ropa, y así es como define a aquellos que se encargan de denunciar los contenidos como impropios sin detenerse a pensar si es una expresión artística, exhibicionismo o pornografía, a quienes puedo imaginar perfectos y acicalados pulsando botones de denuncia por cada cosa “escandalosa” que ven, pero son incapaces de activar filtros de “contenido seguro” o dejan que sus hijos menores – siendo que está prohibido – tengan cuentas en redes sociales “porque es cool”. En sus propias palabras Sandder dice que “se vuelve fastidioso que el cuerpo humano siga siendo un tabú, aun cuando es lo más común e importante que tenemos. La censura ha llegado a limitarme, me hace pensar mucho, es miedo lo que me hace sentir y eso me molesta, que la censura (sociedad) controle mi libertad”. Cuando hablamos acerca de la eliminación de su fotografía en Instagram me entero de que incluso, aparte de haber sido censurado,  varias personas lo dejaron de seguir. ¿De verdad es tan ofensivo ver un la mitad de un pene?

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Foto: Sandder Carrero

Estos episodios de censura llaman inmensamente mi atención. Todo parece ser obra de personas que trasladan eficientemente a nuestros tiempos las normas de “decoro” del siglo XVIII, que no permitían mostrar en las obras de arte los genitales masculinos o femeninos, y eran cubiertos convenientemente por hojas de parra a modo de una sutil e improvisada ropa íntima. ¿Cual si fuésemos Francisco de Goya y Lucientes y su famosa Maja Desnuda, somos juzgados por mostrar cuerpos reales en las redes sociales? ¿Tal como sucedió  con esta obra de arte, tendremos que esperar un par de siglos para que pueda ser aceptada la publicación de cuerpos al natural en las plataformas más populares de internet? ¿No es esto un retroceso absoluto en el reconocimiento del cuerpo como expresión artística?

Pero volvamos al vello, que quiere ser público y nada que lo dejan. Irónicamente, el vello censurado, esa vegetación natural que cumple la función fundamental de proteger nuestro cuerpo, a la vez evita que sea visto aquello que ofende, trastorna y que para muchas culturas fue inquietante durante siglos y aparentemente lo sigue siendo: los genitales. Pareciera que la presencia del vello anuncia o marca el camino hacia algo misterioso y prohibido, una especie de infierno latente, el camino al pecado, a la perdición. Es sabido que en las leyendas de ciertas culturas a los genitales femeninos se les atribuyen facultades mágicas o protectoras. El solo hecho de mostrar la vulva podía originar la resucitación de los muertos, espantar al diablo o combatir los males. Freud, en su brevísimo ensayo La Cabeza de la Medusa, intuía que mirar la vulva generaba miedo a la castración en los niños, y dejaba ver que la excitación que originaba estaba atada íntimamente al miedo a perder el pene. Así que pareciera lógico que la sola sugerencia de un camino hacia aquella visión catastrófica tenga que ver con la censura.

Lo interesante es que, a lo largo de la historia del arte el vello fue, hasta cierto punto,  el gran ausente en la representación de la figura humana. En el arte egipcio era representado como un triángulo negro, en la época medieval rara vez se muestra, al igual que el la época clásica europea del arte. El conocido Miguel Angel mostraba vello en los genitales masculinos, más no  en los femeninos, siendo la excepción los cuerpos masculinos en el fresco de la capilla sixtina, por razones casi obvias. Durante el renacimiento no cambió en mucho el asunto, los hombres eran peludos, las mujeres “virginalmente” depiladas, con excepciones puntuales. Así que nos acostumbramos a ver cuerpos sin pelo como si de una normalidad se tratara. Tan es así, que el famoso crítico de arte inglés John Ruskin, protagonizó una controversia social en el año 1848 al divorciarse, tras seis años de matrimonio, por no haber consumado su unión aludiendo que el cuerpo de su mujer “peluda” le resultaba repugnante y que era totalmente distinto a como se lo había imaginado, ya que antes de casarse no había visto a una mujer real desnuda, sino solo pinturas y esculturas de famosos artistas. Se dice que a Ruskin le horrorizaba ver a su antes novia, de rostro hermoso y delicado, atada a un cuerpo que contenía una mata de pelo áspero y salvaje, muy similar a la de un hombre, en sus partes púdicas. Chismes van y chismes vienen sobre el caso de Ruskin y su horror por el vello púbico, pero quizás algo de eso hay en los censuradores de esta época. El horror por un cuerpo real.

Pero realmente fue Gustave Courbet el que escandalizó más con sus desnudos femeninos. En 1866 El Origen del Mundo no solo mostró por primera vez una mujer con grueso vello en su pubis, sino que además presenta los genitales expuestos. La pieza pasó de mano en mano de anticuarios, coleccionistas y pequeñas galerías sin mostrarse mucho hasta 1981, más de un siglo dedicada solo a la contemplación privada. Fue asignada al Museo de Orsay para su custodia por el gobierno francés, quien la adquirió por un embargo de impuestos y allí está exhibida desde 1995. Muchos curadores no se han atrevido a exponerla y todavía en la actualidad sigue causando asombro en la sala donde se deja ver, hasta hace poco custodiada por guardias de seguridad.

Por supuesto las redes sociales tenían que poner su grano de arena en la verguenza histórica de esta pieza de arte. En el 2011 la cuenta de Facebook de un hombre francés fue suspendida por haber colgado una reproducción de El Origen de la Vida, y previamente ya lo habían hecho con el artista danés Frode Steinicke, quien había osado en mostrar esta obra de arte en su muro virtual. El escándalo no se hizo esperar; el ciudadano afectado introdujo una demanda a la red social exigiendo la restitución de su cuenta e indemnización de 2.000 euros. A la fecha no se conoce la resolución del caso, en el que el abogado de la causa lamenta que la famosa plataforma “no distinga entre lo que es pornografía y lo que es una obra de arte”, acusándola de una “censura ciega”. Yo digo que tan ciega no es, porque tuvo que escandalizarse alguien por mirar aquello que tanto trastorna.

El Origen del Mundo (1866, Courbet). Museo de Orsay, París. Foto de Reuters

El Origen del Mundo (1866, Courbet). Museo de Orsay, París. Foto de Reuters

En la actualidad la cosa no es tan distinta. En el 2014, una obra de la artista británica Leena McCall, cuyo trabajo se ha dedicado al erotismo y al cuerpo de la mujer como una reflexión de género, fue retirada de una muestra de la Sociedad de Mujeres Artistas, por causar “repulsión” y tener un contenido abiertamente “pornográfico” . La pintura de La Señora Ruby de Pie muestra su “alfombra” delicada y peinada, en un cuerpo insinuante a medio vestir. Algunos dicen que el problema no es el pubis velludo de la señora, sino sus tatuajes y su actitud lo que originó el escándalo, pero lo cierto es que la pintura fue eliminada del recorrido de la exhibición haciendo que más de un movimiento feminista levantara la mano por “un pubis con vello”.

La Señora Ruby de Pie. Fuente: Sociedad de Mujeres Artistas

La Señora Ruby de Pie. Fuente: Sociedad de Mujeres Artistas

Y mientras algunos escribimos sobre la censura, criticamos la actuación de las redes sociales y pataleamos por todos los rincones sobre el tema, el artista del collage Naro Pinaso, que se describe como “bradicárdico y censurado” , ha burlado todas las posibles reglas de la censura de las redes sociales, especialmente Instagram, usando, a su vez,  la censura como parte de su trabajo. A través de la unión de fotografías oculta, pero a la vez sugiere o muestra, en mi criterio de manera más fuerte y directa, mensajes sobre la sexualidad, la genitalidad, el género y el cuerpo, que no han podido ser censurados por no mostrar explícitamente aquello que “escandalizaría”. En una salida magistral, el lenguaje visual de Naro ha trasgredido toda posible acción en su contra, de una manera brillante, mordaz, llena de ironía y en algunos casos, humor. Bravo por Naro.

[ ... fist ] por Naro Pisano

[ … fist ] por Naro Pisano

Por Naro Pisano

Por Naro Pisano

Yo, mientras tanto, sigo buscando la razón de tanta censura sin sentido, contemplando la doble moral y siendo testigo de como retrocedemos en los tiempos de la más ágil tecnología de comunicación de masas. ¿Quien me acompaña?

 

 

Sigo tirando letras

Ana-para-HipMama¡Hola de nuevo!

Luego de mi inhabilitación de Blogger por haber publicado un artículo sobre la nueva visión de la maternidad bajo la mirada de fotógrafas como Elinor Carucci, Ana Casas Broda y Ana Alvarez Errecalde, el cual incluía contenido catalogado como “inapropiado”, aquí estoy de vuelta. A raíz del evento la propia Ana Errecalde escribe en su blog: “Esta censura sobre los cuerpos es para mí sintomático de la altísima tasa de cesáreas (del 80% en el sector privado y el 40% en el público) y de la exhorbitante cantidad de cirugías estéticas (unas 634 cirugías AL DÍA, un total de 231.742 cirugías estéticas durante el  2013!!!!) que se realizan en ese país”.

El asunto de la censura en Venezuela es algo que vivimos cada día, y las redes sociales se han convertido en una vía para poder expresarnos abiertamente. Encontrar censura en las redes sociales es inaudito, no solo para los venezolanos, ya que irónicamente los que se llenan las bocas ofreciendo plataformas para la interacción libre, cuando son los primeros que caen en la hipocresía de ejercer acciones de censura sin siquiera iniciar una investigación o tener un mínimo de criterio sobre lo que es arte, pornografía o simple mal gusto. Soy defensora del libre pensamiento y expresión, por tanto no me sorprende, ni critico a aquellas personas que puedan sentirse ofendidas por ciertos contenidos sensibles. Del mismo modo espero que esas personas respeten mi manera de pensar sobre cualquier aspecto. Pero algo muy diferente es que alguien se sienta ofendido por algún contenido (para lo cual siempre podrá tener filtros en su navegador para bloquearlos), y otra que ejerza una denuncia categorizando lo que para sus ojos es ofensivo cuando podría no serlo para otros, y que para colmo, sobre esa base las plataformas gratuitas, que ofrecen ser la panasea de la comunicación abierta, ejerzan acciones de castigo tan fuertes como eliminar completamente tu perfil.

Ese fue mi caso. Así, sin aviso, ni protesto, un día todas las funcionalidades atadas a Google (correo electrónico, blog, youtube, google+ y más) fueron inhabilitadas para mi uso, como si de una ofensora sexual se tratara. Ya se han interpuesto peticiones de revisión y reconsideración del caso, y también se abrió un foro con las peticiones en el cual uds. pueden participar apoyándolo. Aquí les dejo el link.

Vale decir que independientemente de lo que suceda no seguiré usando la plataforma blogger o blogspot, o ninguna que dependa de una red social con tales restricciones y acciones sobre el contenido, que pueden ser válidas para algunos, pero que violentan mis derechos fundamentales tanto de expresión, como de comunicación e incluso de legítima defensa. Por otro lado, éste mi blog, es mi espacio de libre pensamiento. Si usted no está de acuerdo con algún contenido que aquí tenga a bien leer, está en su derecho también de expresarse y para ello tiene la opción de comentar y decir lo que piense; yo publicaré y le daré espacio. Pero por favor, si siente la necesidad de denunciar (quien sabe ante cualquier instancia esta vez), sepa que es un cobarde que básicamente no defiende sus ideas, sino que actúa bajo la sombra hipócrita de sus creencias.

Les saludo entonces de nuevo y les digo que siempre seguiré tirando letras. Gracias por leer.

¿Mujeres “nomo” o una nueva visión de la maternidad?

*** NOTA: Este post originó, debido a las fotografías que muestran desnudez natural de madres e hijos e imágenes que pueden ser catalogadas por los algoritmos automáticos de google como “contenido sensible”, que mi perfil de Google fuese inhabilitado por 4 días. Permanecí sin acceso a correo, youtube, google+ y blogger durante ese tiempo. Ejercí las denuncias correspondientes a mi caso que puedes verificar en este link y tras la ayuda de algunas personas allegadas, se logró el desbloqueo. Este tipo de acciones de censura violenta y sin que medie investigación en las redes sociales es totalmente contrario al espíritu que pregona esta plataforma acerca de la libertad de expresión, ya que ejercen acciones sin consulta y sin que medie el criterio humano en las mismas. Es inaudito, además, que fotografías desarrolladas por artistas de gran trayectoria, que solo muestran a madres e hijos de modo natural y sin alteración, sean catalogadas por denuncias de usuarios como ofensivas o pornográficas y su uso en esta plataforma traiga como consecuencia una censura agresiva y desproporcionada. Espero disfruten el post que contiene una fotografía “banneada” de Elinor Carucci, la cual fue el origen de todas las acciones contra mi cuenta. Tras la rehabilitación del blog se incluye como pie de foto la declaración de la artista Ana Alvarez Errecalde, quien se hizo eco de la censura sufrida en mi caso, la cual ha sido repetitiva para su obra y me solicitó incluirla en este artículo, a lo cual accedí con mucho gusto. Gracias por leer***

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Una mujer NOMO es aquella que decidió no tener hijos, o al menos eso dicen algunos blogs.  El nombre viene de la abreviatura de la frase “No Mother” en inglés. Mucho se ha hablado y escrito sobre eso, los blogs se llenan de opiniones, los medios de artículos, es un tema polémico que ha dado de que hablar y está que arde en este momento. Todo se basa en que una generación de mujeres decidió no procrear, lo cual tuvo que ver mayormente con sus circunstancias, sobre todo aquellas que vivieron la llamada “revolución sexual” y pueden haber alcanzado más de 30 años sin haber procreado. Las estadísticas de la organización Gateway Woman indican que 1 de 5 mujeres de esta generación decidieron no tener hijos y son “NOMO-by-circunstance”, es decir, por las circunstancias que vivieron. Su eslogan es “Quizás no somos madres, pero aquí estamos, nos importa, formamos parte y rockeamos”, en función de la discriminación, críticas u opiniones que sufren por una sociedad que piensa que para ser mujer debes haber procreado como una manera de afianzar tu condición femenina. Mi amiga Aglaia Berlutti se ha dedicado a escribir sobre el tema en el portal Contrapunto Venezuela y ha llamado mi atención, porque me doy cuenta que no solo se trata de la decisión de no tener hijos, sino que además viene acompañada de una renovada manera de ver la maternidad.

Me dediqué un poco a investigar como, en el mundo del arte, también las circunstancias llevaron a fotógrafas y artistas, a cambiar la visión sobre lo femenino en las últimas décadas. Toda una generación de mujeres artistas nacidas también en los años ’60 y ’70 y que no son “nomo” sino que decidieron ser madres (de modo natural, por inseminación artificial, o por adopción, algunas madres solteras, otras madres con pareja), han vivido la maternidad en un momento muy particular, en medio de una revolución de géneros, cambio o cruce de roles entre lo femenino y lo masculino, y una nueva apreciación de lo femenino como identidad. Desarrollaron entonces una mirada diferente sobre el hecho de ser madres, bastante alejada de la romántica y sublimada concepción de los años previos, sin el barniz chicloso comercial, sin el velo rosado de la sociedad clásica, sin el adulcorado enamoramiento del momento. Es una nueva visión de la maternidad, renovada y para algunos cruda. No representan el bíblico “…y parirás con dolor” que plantea la maternidad como un castigo divino como consecuencia de la consciencia que adquirió sobre su desnudez y sexualidad, sino más bien una visión bastante aterrizada, muy real, desprovista de preconcepciones y muy auténtica, honesta sin dejar de ser poética.

Empezaré por hablar del tan aplaudido como controvertido trabajo “KINDERWUNSCH” (2003-2010) de Ana Casas Broda, fotógrafa española que recogió en más de 100 fotos y texto el proceso de concepción, embarazo y crianza de sus hijos, a quienes decidió concebir por inseminación artificial contando con cerca de 40 años de edad. Con imágenes limpias, bien ejecutadas, de iluminación teatral, y en muchos casos conceptuales, Ana Casas logra involucrarnos con los cambios físicos y emocionales que implica ser madre. El cuerpo es, como en todos los trabajos de la artista,  el  hilo conductor de la narrativa y lo utiliza como lienzo para mostrar los momentos del proceso, que ella misma define como un tránsito “lento y tortuoso, pero también placentero hacia la condición de madre”, desafiando a una sociedad recatada, llena de mitos sobre la maternidad y prejuicios acerca de la desnudez. El fotoensayo fue rechazado por varias editoriales debido a la presencia de imágenes demasiado explícitas y reales, y  en el 2013 fue editado por la editorial española La Fabrica.

“El deseo de tener un hijo, un embarazo. Habitar un cuerpo ajeno, perfecto. Parir, los pechos llenos de leche, el delirio de los primeros meses. Un espacio atemporal, sin forma, día y noche se suceden sin divisiones. El placer de ese pequeño cuerpo pegado al mío, a mi pecho, amamantar cada tres horas, dormitar, delirar, el agotamiento”, escribe la fotógrafa en uno de los textos del libro.

“El deseo de tener un hijo, un embarazo. Habitar un cuerpo ajeno, perfecto. Parir, los pechos llenos de leche, el delirio de los primeros meses. Un espacio atemporal, sin forma, día y noche se suceden sin divisiones. El placer de ese pequeño cuerpo pegado al mío, a mi pecho, amamantar cada tres horas, dormitar, delirar, el agotamiento”, escribe la fotógrafa en uno de los textos del libro

“El deseo de tener un hijo, un embarazo. Habitar un cuerpo ajeno, perfecto. Parir, los pechos llenos de leche, el delirio de los primeros meses, un espacio atemporal, sin forma, día y noche se suceden sin divisiones. El placer de ese pequeño cuerpo pegado al mío, a mi pecho, amamantar cada tres horas, dormitar, delirar, el agotamiento. Un cuerpo que se alimenta de mí. Tantas emociones intensas, contradictorias, sorprendentes. Y en algún momento, un deslizamiento a otra escena, un movimiento imperceptible, radical.” – A.C.B.

“MOTHER” es el tránsito por la maternidad de la fotógrafa Elinor Carucci, norteamericana con orígenes israelíes, que empieza con su embarazo y culmina cuando sus morochos (niña y niño) tienen 8 años. Ella captó la experiencia de ser una nueva madre en un diario fotográfico, siguiendo la línea de sus trabajos anteriores en los que documenta su vida diaria.  Carucci es reconocida por fotografiar obsesivamente momentos personales de una manera muy honesta, sin censurarse u ocultar las realidades que la rodean, desafiando constantemente las preconcepciones sociales. En este trabajo muestra no solo la alegría de ser madre sino también las angustias y sin sabores que implica, pero también, por muy fuera de lugar que suene, cierta sensualidad y melancolía que rodea a la crianza de los hijos. El libro fue publicado en el 2013 casi a la par del trabajo de Ana Casas Broda y llegaron a exponer juntas en la muestra “Home Truths” curada por Susana Bright.

“Las cosas cambian, no solo nuestros cuerpos. Hay algo que nos une cuando nos convertimos en madres. No es solo la purísima y bellísima imagen que creemos. Espero que se puedan sentir identificadas” – E.C. 

Por su parte Ana Alvarez Errecalde, fotógrafa y video artista argentina, luego de ser madre por primera vez, decidió mostrar al mundo su visión de la maternidad a través de autorretratos que hizo tras su segundo parto y con ello escandalizó a más de un espectador. Cuando fue entrevistada al respecto dijo que su intención era mostrar un nuevo imaginario sobre la maternidad, su visión personal, que desafía la idealizada estampa materna a la que estamos acostumbrados especialmente en las bellas artes, decisión que tomara al momento de mirar las hojas de contacto – inicialmente no sería incluido en su obra artística – bajo la reflexión de que el mundo debía conocer otra realidad sobre la maternidad que hasta ahora sentía no había sido mostrada. Consiguió las fotografías minutos después de haber dado a luz, en la intimidad de su casa. Todo lo que se ve en la imagen fue planificado, Ana parió y caminó hacia el set – perfectamente preparado y medido por ella – con su bebé en brazos, todavía unidos por el cordón umbilical. Hizo una secuencia de fotografías, y en el sinfin blanco parió la placenta, con la cual aparece también, mientras ya está amamantando. Un fondo limpio, blanco e inmaculado, manchado de sangre pura y limpia también, una madre recién parida con sonrisa de oreja a oreja, orgullosa, fuerte, de pie, no malograda, abollada, ni cortada. Una imagen que esconde tras su aparente crudeza, una poesía profunda, fuerte e inspiradora y que además se contraponen a las imágenes e íconos religiosos y mediáticos que plantean a las madres más como víctimas o pacientes que mujeres autónomas y activas. Las fotografías fueron realizadas en el 2005, pero hasta el 2007 no hubo quien las publicara.

“La violencia hacia las mujeres se inicia con la represión de su sexualidad, la apropiación de sus partos, la interferencia en todos los ciclos vitales y la creación de roles manipulados. Una madre negada negará a sus hijos , su cuerpo y su presencia, de modo que todos terminan conformándose a una sociedad desatendida, no amada, desnutrida” – A.E. (sobre tener que censurar una de sus imágenes).

La fotógrafa y artista austriaca Elina Brotherus quien nos tiene acostumbrados a sus reflexiones sobre la identidad, las emociones y el paso del tiempo, fotografió en el 2003 el cuarto parto de su amiga Hanna, que es coreógrafa y bailarina. Lo hizo por petición de su amiga que decía no recordar mucho sus partos anteriores. Elina incluye entonces en su obra artística el trabajo “Brotherus Girl”, fotografía secuenciada del parto de Hanna. Son imágenes documentales cargadas de sensaciones y realismo. El siguiente verano grabó el cortometraje con el mismo nombre donde vemos a Hanna vestida de rojo bailando sola por un camino, sus movimientos y baile sugieren en algunos casos angustia y en otras libertad; al final del camino una colina donde está su hija a quien se une y luego de amamantarla sigue por el mismo camino, bailando de la misma manera con su hija en brazos. 

 

Brotherus, tyttö – 2004 from Elina Brotherus on Vimeo.

Pero antes de todas ellas, fue la artista conceptual y escritora Mary Kelly, quien en 1976 en medio de movimiento feminista y la posmodernidad, muestra su obra “Post-Partum Document”, en donde compila gran cantidad de evidencia sobre su maternidad: ropa de bebé, pañales sucios, fichas médicas, que se complementan con narraciones escritas por la artista. Es un trabajo que de una manera casi forense muestra un diario de sus vivencias a través de la crianza de su hijo. Fue una visión revolucionaria para la época, que daba por tierra con la hasta ahora harto representada visión de la madre abnegada, la crianza perfecta, la idílica relación madre-hijo.

Yo por mi lado soy madre, nací en 1970 y desde los 26, por decisión propia y tras una pérdida espontánea de un bebé que había llegado por accidente en mi primer año de matrimonio, transité y sigo transitando el camino de la maternidad. Rescaté algunos recuerdos, miré un álbum que dediqué a mi hija y encontré que poco había allí de mi misma. La convulsión que para mi significó ser madre, las circunstancias que me rodearon entonces y el tener que hacerme cargo de otros en un momento que teóricamente era para mi,  dejó casi sin evidencia fotográfica mi vivencia. Pero hay huellas de lo que fue y sigue siendo. Aquí mi homenaje a la nueva visión sobre la maternidad, incluida en mi diario visual “Self Completion Theory”.

Motherhood Memories (1996)