Archivo por meses: mayo 2015

De lo ordinario a lo extraordinario

“El fotógrafo ve cosas todos los días, pero si no las recuerda, si no las cuenta; entonces se han perdido para siempre” – Emmet Gowin

Resulta fácil reconocer que una de las cualidades más indiscutibles de la fotografía es su capacidad de inducir y conferir interés a los asuntos más inesperados. Pareciera muy obvio que al fotografiar una situación especial, una persona famosa, una historia de vida resaltante o un lugar fantástico, la temática de la imagen llamará la atención por si sola y luego, por supuesto, viene la admiración por la imagen, por cómo se hizo, por la técnica y por lo que transmite. Pero no cabe duda que gran parte de la atención del espectador hacia la fotografía vendrá dada por lo extraordinario de la situación que se muestra. Pero ¿siempre las buenas fotografías tienen que ver con lo fuera de lo común o aquello a lo cual no tenemos acceso?. En este sentido, la cotidianidad siempre ha estado presente ante la mirada de los hacedores de imágenes; fotografiar lo ordinario, aquello que pasa cada día, ha sido recurrente en muchos de ellos y han desarrollado su trabajo alrededor de lo cotidiano desde los inicios de la fotografía, en algunos casos por decisión personal, en otros casos por las circunstancias, convirtiéndose en verdaderos íconos de la temática diaria como trabajo autoral.

En Europa, durante la Segunda Guerra Mundial y tras la ocupación nazi, salir a la calle a hacer fotografías con una cámara era algo llamativo, no muy bien aceptado y un pasaporte seguro a la cárcel. Así, en Praga, Josef Sudek , quien había perdido un brazo en la Primera Guerra Mundial, se recluyó en su estudio, y se dedicó a fotografiar su casa y su jardín, lo cual convirtió en su rutina. De allí surgió  “La ventana de mi estudio” (1940-1957), que recoge fotografías de la única ventana del estudio del artista que daban a un lastimero jardín con un árbol torcido y poca vegetación, pero por la que se dejaba colar una luz envidiable. Fotografías de una ventana empañada, con nieve o con gotas de lluvia, pudieron ser tomadas en cualquier ventana, ese jardín podía ser cualquier jardín, pero no, eran las de alguien recluido por unas circunstancias especiales. Así también fotografió sus papeles, sus estantes, sus altares, sus santos, sus tazas de café, un florero con una sola flor, todo bañado por la luz maravillosa de esa única ventana. Todas estas imágenes se convirtieron en el retrato del artista, de su vida, y su ambiente. Ninguna de las fotografías son una proeza, no arriesgó su vida por ellas, fueron hechas concienzudamente, y obliga a la mirada de quien las ve a que se acostumbre, a que tenga la misma paciencia que él imprimió en su realización para entender lo que quieren decir.

Mucho más adelante, a partir de los años ’70, el panorama de la fotografía cambió radicalmente. La cuestión de la identidad individual se convirtió en un aspecto relativo a la modernidad, paralelamente a través de la fotografía se comenzó a reflexionar sobre fenómenos sociales, dando pie a una forma de comunicar distinta. Fue la época en la que empezó una mayor aproximación entre los “fotógrafos-artistas” y los artistas que usan la fotografía como medio. El punto común fue la necesidad de tratar los instantes, los objetos, y los lugares de la vida cotidiana, lo cual fue siendo cada vez más el foco de los artistas. Henry Lefevbre, sociólogo marxista famoso en estos años convulsionados, nos dice que ” la vida cotidiana es reconocer y entender comportamientos, costumbres, proyección de necesidades, captar cambios a partir del uso de los espacios y tiempos concretos”. En esa época aparece la norteamericana Nan Goldin con su ensayo “La Balada para la dependencia sexual”, una serie de fotografías en las que, con una cámara sencilla y una estética de instantánea, muestra escenas desenfocadas de la vida que compartía con su grupo de amigos, su pandilla. Fotografiaba a sus amigos, sus amantes, sus acompañantes de viaje. Maquillándose en el baño antes de salir a una fiesta; bebiendo, charlando, preparándose una línea de cocaína o besándose durante la fiesta; llorando, haciendo el amor o durmiendo en camas solitarias después de una noche de copas. Inmediatas, rápidas, movidas porque a veces estaba muy borracha como para hacer foco, las fotos de Goldin son tan documentales que a menudo hacen las veces de la memoria perdida por el alcohol o las drogas, esas cosas que se borraron de su mente, y le recuerdan cómo sucedieron en realidad. Son retratos, documentos, pruebas, homenajes, gritos de amor desesperado, pedidos de auxilio. Como ese autorretrato en el que Goldin, golpeada y con un ojo inyectado de sangre, mira a la cámara impasible y muy segura, maquillada y arreglada, mientras al pie de la foto un texto simple dice: “Nan después de haber sido golpeada”.

“Solo puedo fotografiar las cosas que me pasan, porque no tengo mucha imaginación. Lo que sucede, dice, es que no controlo tan bien la vida real, entonces hago de ella algo que se debate entre el documental y la ficción.” – Sophie Calle

La vida como una historia es el motivo de la artista conceptual Sophie Calle, que usa la fotografía como medio en combinación con el texto. Juega con la percepción que el público tiene sobre lo privado y lo público, a menudo se basa en el fotoperiodismo, la antropología o el psicoanálisis, y para la estructura formal de su trabajo se basa en la literatura, el periódico y la fotonovela. Novela negra, humor, voyerismo son factores fundamentales en su obra que apelan a la curiosidad y a las emociones del público. Nos empuja a preguntarnos ¿qué es real?¿qué es imaginario?. Ella jamás ha develado el misterio. Su particular forma de ver el mundo es un regalo para la sociedad y para la natural curiosidad sobre la vida del otro que nos acomete. Ella reta el concepto de “cotidianidad” como algo aburrido y rutinario, lográndolo magistralmente.

Uno de sus trabajos más aplaudidos es “Exquisite Pain” (1989), donde manifiesta el espíritu más puro del diarismo visual y la fotografía de la cotidianidad. Es catalogada como la pieza maestra de la autora en donde combina el documentalismo, la ficción y el texto. Para entenderlo es necesario contar su historia. En Octubre de 1984 partió a un viaje por 92 días a Japón como invitada para una residencia artística, lo cual marcó una cuenta regresiva para la finalización de una relación de pareja que tenía para el momento. Inició un diario fotográfico para su estadía en Japón y en el transcurso de los días empezó a incluir textos que dejaban saber sobre el deterioro de su relación y como se sentía estando tan lejos. Algunas fotografías son alusivas a sus estados de ánimo, otras son postales de su viaje, pero todas con una estampa señalando el día va marcando la cercanía de su sufrimiento mayor. Posteriormente y a su regreso, muchas personas le preguntaban por su pareja y ella decidió contarles sobre su sufrimiento, pero a la vez preguntarles sobre cual había sido el momento de mayor sufrimiento para ellos. Inició entonces otro conteo de días, esta vez 28, en los cuales comparaba su sufrimiento del último día de su viaje con el de las historias que eran contadas por sus amigos o conocidos. Decidió entonces iniciar otro diario en donde siempre con la misma foto representaba su mayor sufrimiento y escribe cada día sobre eso, al lado de cada historia de sus amigos con una foto representativa de su dolor. En el 2004 editó un libro y realizó una exposición (la más grande y concurrida de toda su carrera) que narra su experiencia antes y después del dolor.

Así las cosas, en los tiempos 2.0, con la masificación de la fotografía y cámaras en todos los bolsillos y delante de todos los ojos del mundo, los cambios en la manera en como nos comunicamos, la revolución de las redes sociales y la relevancia de la reafirmación de nuestra identidad, ha hecho que los límites entre la vida privada y la pública sean cada vez menos perceptibles y la imagen ha tomado protagonismo en la comunicación de ese mensaje. La fotografía del siglo XXI, desarrollada ahora por todo aquel que tenga una cámara, se ha convertido en un archivo de la cotidianidad mundial, que se comparte al instante y todos vemos lo que hacemos, lo que comemos, donde estamos, de una manera tan masiva que resulta quizás absurdo e inaudito, y pasa tan rápido que termina siendo efímero y bastante fugaz. Para aquellos que no se dedican a la fotografía quizás sea irrelevante y muy natural, pero resulta que están formando parte, sin saberlo, de una revolución en el mundo de la imagen.

Algunos fotógrafos consideran que este fenómeno, imposible de obviar, no es rescatable y que trata solo de la banalización de la imagen, pero otros miran en ello un reto aún más importante y lo han tomado, y es justamente el entendimiento de cómo pasar de lo efímero a lo duradero, convirtiendo esos momentos diarios en algo que transmita y construya mensajes más allá de la imagen. Fotógrafos reconocidos en Venezuela fotografían su vida diaria y la publican en las redes sociales, construyendo un lenguaje y dándonos la oportunidad de adentrarnos en su manera de ser, pensar y vivir. En la red social Instagram, Vasco Szinetar (@vascoszinetar), Ricardo Gómez Pérez (@rgomezphoto) y Ricardo Armas (@rarmas7)  solo por nombrar algunos, publican constantemente desde su diario vivir, y tener acceso a sus fotos es un paseo por su cotidianidad vista desde la mirada de aquellos que, además, cuentan con gran trayectoria como retratistas y artistas visuales.

La vida cotidiana se convierte en un tema extraordinario, que parte de lo ordinario, de aquello que vivimos y pensamos no es del interés de otros, trasgrediendo la frontera de lo efímero, trascendiendo en el recuerdo. Lo cierto es, que estas fotografías son en alguna medida el reflejo de la realidad de muchos, y funcionan como una especie de lienzo en el cual podemos dibujar nuestras propias historias.