Archivo por meses: julio 2014

Ensayo fotográfico: Vallas donde vayas

Despertarse cada mañana en una país como éste, despertar y toparse en la calle con la sintonía de la radio, la estadística de la violencia, la pobreza que desciende por que consume más, el mensaje escondido y el discurso político pululante expulsado por un sistema que ya no siendo revolucionario  trata de construir una imagen sin sentido producto de la disparidad entre teoría y práctica, y asumirse cómodo en esto, hace que seamos un “no país”, un espacio sin ciudadanos, con deberes pero sin derechos, que escuchamos pero no hablamos, un espacio que nos pertenece, para seguir arando en él, por utopía, necedad o convicción.

 

¿Es ésta nuestra verdad?
A Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, se le ha atribuido la frase que asegura que “una mentira dicha mil veces se convierte en realidad”. Propaganda, panfleto, o discurso, llámelo como sea, ¿creémos en lo que se dice sólo porque se repiten sin cesar? Podría ser válido para los fanáticos de los endiosados, para aquellos que sólo ven y oyen pero no para aquellos que podemos percibir con el resto de nuestros sentidos.

El ensayo fotográfico, en proceso, “Vallas donde vayas”, apropiado lema de una empresa de publicidad, es una alegoría al discurso repetido, a la verdad que se escapa en el discurso, al mensaje empaquetado, a la propaganda política disfrazada de discurso social, a la ideología impuesta. Paisajes urbanos de la otrora pujante Caracas, en una mirada literal que incluye vallas publicitarias reales, originalmente vacías en representación de nuestras mentes y la decadencia que poco a poco nos envuelve, y que se adornan con mensajes incorporados, ciertos pero falsos al mismo tiempo, ciertos porque fueron dichos y falsos porque no existen materialmente y en un sentido figurado por la falsedad de su intención. Un “no país” representado por la “no fotografía”.

 
A lo oficial le juego con mensajes que por conveniencia podrían ser extraoficiales, exentos de comillas de manera planeada porque no respeto la autoría de su origen y a manera de publicidad porque donde quiera que estén, donde quieran que vayan, los mensajes irán y no hay hoy quien que los confronte, ni de adentro, ni de afuera, ni ustedes o yo por ser cómplices de su existencia. 
 
Al fin y al cabo Goebbles quizás quiso decir que una mentira dicha mil veces se convierte en chiste y como buenos venezolanos, reímos. 
 
 

¿Hace falta el que vendrá?: pequeñas crónicas de despedidas

Foto por: Mario Goncalves – Identidades de Viaje

Me miró desde el azul de sus ojos. Sin mucho preámbulo me dijo “Me voy, en unas tres semanas estoy fuera del país”.  Era la quinta vez en un mes que escuchaba frases como esa de amigos y conocidos. En esos casos no sabes que decir, te debates entre la tristeza de ver partir otro ser querido y la alegría de que haya encontrado una vía para hacer una vida mejor; también se mezcla la incertidumbre y el miedo de la situación propia, te haces preguntas, te cuestionas. Él es contemporáneo conmigo, pero piensa en su hijo y quiere darle otras oportunidades. “¿Qué vas a hacer por allá?¿Tienes trabajo?”, me preocupé en preguntar, tenemos la confianza suficiente. “No lo se, sólo quiero sacar a mi hijo de este país. No me importa lavar pisos si es necesario”. Tragué duro y aguanté las lágrimas, eso no es lo que necesita de mi, pensé. Nos tomamos un café, nos hicimos los locos y seguimos hablando de otra cosa como si nada, como dejando pasar el momento difícil de preguntar por la fecha exacta de la despedida.

Mi teléfono celular repicó, ese día llovía como parte de esos días bipolares de Junio que siempre me han chocado tanto; Junio es un mes confuso. Rara vez me llama, me escribe mensajes de texto o de chat, tiende a ser frío pero tiene una manera particular de expresar sus emociones y manifestarme su cariño. El corazón pegó un brinco, ya se va, pensé. Efectivamente, desde el otro lado del teléfono me saludó como cualquier día y después de un silencio incómodo dijo “Mañana me voy, no puedo despedirme personalmente, no quiero”. Sólo atiné a desearle suerte, decirle que se cuide mucho y que espero verlo de vuelta, quizás cuando Junio no sea tan indeciso. Otro amigo que partió.

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Foto por: Mario Goncalves – Identidades de Viaje

Ese día hablábamos de trabajo, cuando lo hacemos le gusta sentarse en el sofá de mi oficina, se pone cómodo, se quita lo zapatos, se que siente en casa y eso me hace feliz. Siempre reímos, pero esta vez se puso serio. “Ya no puedo esperar más, con o sin licencia me voy.”  Él es de los que tiene ya rato esperando por sus papeles de inmigración para el país donde está toda su familia, es un solitario, que decidió quedarse en Venezuela porque cree en ella, porque su negocio era próspero y porque es un soñador que cree que los cambios son posibles. “Estoy harto, para que cambien las cosas tiene que cambiar la gente y eso no pasa de la noche a la mañana. Nada me ata a este país, excepto mis amigos, que quisiera llevármelos en una maleta, pero no me puedo poner sentimental” . ¿Qué decir? Otro afecto que se aleja, pensé. Odié la situación, odié pasar de nuevo por esto, lo miré y no me pude aguantar. Mientras le decía que siempre lo apoyaría en cualquier decisión las lágrimas corrían solas sin poder controlarlas. Me abrazó, “Coño mi compinche, mira que es difícil”. Lo se, contesté.

Han pasado los días, esa despedida todavía no ocurre pero se está dando poco a poco, cuando veo que está vendiendo sus cosas, haciendo inventarios, haciendo trámites para cerrar su negocio y dejar a toda su gente bien arreglada, lo veo en sus ojos y en su evasión cada vez que le digo para vernos. Me manda sus ideas de negocio fuera, me alegra el corazón saber que piensa siempre en mi. Creo que hay que ser fuerte, que cuando se toma una decisión como esa no se puede uno ablandar. Sentimientos encontrados y la vida partida en dos.

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Foto por: Mario Goncalves – Identidades de Viaje

Cuando me escribió para decirme que quería una reunión conmigo sabía que algo estaba tramando. Cada vez que lo hace se me hace un nudo en el estómago y hasta ahora siempre me había sorprendido con una buena noticia, una idea, un proyecto. Su cara morenaza y simpática me miraba con ojos brillantes, sonrisa a flor de piel, “no puede ser una mala noticia”, pensé. Y no lo era, no para él. Con alegría desbordante y rostro de niño con juguete nuevo me lanzó directo y sin anestesia un “me voy” con disculpa incorporada. Su conflicto era faltar a sus compromisos conmigo, dejarme con pendientes y quería ver como podía solucionar. Todo era silencio, veía su boca moverse y no escuchaba nada, era como estar metida en un estanque bajo el agua.  ¿Cómo decirle que me importaba un pito el asunto laboral y que realmente me estaba dando en la madre que se me fuera tanta gente querida?. Me puse el traje corporativo y respiré. Repetí el discurso de “que tengas suerte” – jamás he creído en ella- , “lo mejor es lo que pasa”, “que te vaya bien”, y el “no te pierdas” que ya había repetido varias veces en el mes.

Hace unos días una amiga mutua me decía que estaba molesta, que no sabe porque pero que le incomodaba muchísimo ese tema de la gente que se va sin importarle nada de nada, sin mirar a los lados, sin pensar en los demás. Me lo decía con dolor, con sentimiento. Sólo atiné a decir algo que he reflexionado últimamente: nos aproximamos a las partidas como lo hacemos con la muerte, somos egoístas, pensamos en nosotros y no en el bien del que se va, en el descanso, en la tranquilidad y la calidad de vida que persigue. Y le dije: no hay manera de irse de tu país sin dejar heridas abiertas, emigrar es como renunciar a algo muy tuyo, hay que hacerlo sin mirar atrás, sin pensar en otros, porque de otro modo no lo harías. Yo iba manejando, pero por el rabillo de ojo pude ver como cruzó los brazos y suspiró profundamente. “Es verdad, lo que pasa es que no quiero que se vaya”, dijo. “Yo tampoco, ¿almorzamos?”, contesté.

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Foto por: Mario Goncalves -Identidades de Viaje

Ella siempre me escribe para pedir consejo, lo hace de vez en cuando, creo que por alguna razón necesita aprobación. Algún día lo entenderé. Había recibido un correo la noche anterior en el cual su compañera de trabajo, días después de haber partido a un viaje vacacional, le informaba que no volvería al país, que se quedaba, que “Chao pescao'” . Me dejó fría. Así nada más, después de emprender un gran proyecto que ha resultado exitoso, se quedó sin socia. “Así estamos”, le dije, “¿qué vas a hacer?”. Me dijo que tenía oportunidad de trabajo fuera y que no sabía porque lo había pensado tanto hasta ahora y que ya era hora, y dicho eso un “me voy pal carajo” me soltó.  Gancho al hígado. ¿Que decir esta vez?. “Échale bola pues”.

Me di cuenta que de un tiempo para acá trato de no alargar esas conversaciones. Se cómo terminan, o se que nunca terminan. Seguimos hablando, no le toco el tema, pero es inevitable verla trabajar, ver todo ese talento y pensar que en sólo cuestión de meses estará en otro país, y que lo que alguna vez soñó aquí se desvanece poco a poco. A esa despedida no quiero ir, realmente no quiero ir a ninguna.

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Foto por: Mario Goncalves – Identidades de Viaje

Él tiene una energía desbordante, se ha enamorado del espacio que transito y por eso lo veo regularmente. Soy su “mamá fotográfica” y yo me lo creo.  Y así como es él de espontáneo, hablando de cualquier cosa me confesó que está planificando irse. No sabe si definitivamente, pero necesita apartarse de toda esta locura. Una vida personal batuqueada, proyectos de negocio que no terminan de florecer y una crisis vocacional fueron el caldo perfecto para que decidiera emprender un viaje quien sabe si con retorno.

“No tengo miedo, no sé que me voy a encontrar, pero no tengo miedo”. Admiré su valor, pensé con algo de envidia sana que es fácil con menos de 30 años en el calendario, sin matrimonio, hijos, ni perro que le ladre tomar una decisión como esa. Le pregunté si estaba seguro y luego me arrepentí. ¿Quién soy yo al fin y al cabo para cuestionar las decisiones de nadie?. “¿No estarás huyendo?”, pregunté con una autoridad terrible, como creyéndome que con algún discurso barato cambiaría su decisión. Iba manejando y no pude ver su cara pero me repetía a mi misma cien veces que era yo una metiche de pueblo. “No vale, no huyo, sé que cuando regrese encontraré los mismos temas que dejé pendientes, por eso no quiero dejar ninguno”. La hora de cola pasó mientras me contaba sus planes, yo tenía algunos vacíos, opinaba a veces, la mayor parte callé. Otra despedida en puerta. La fila de carros avanzó y yo permanecí quieta. “Hey, avanza que la cola camina”. Eso trato, pensé, de avanzar entre tanto intento.

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Detrás de los anteojos “retro” sus pequeños ojos se pierden, esperábamos para iniciar una actividad con varios invitados y me dijo “Chica, todo el mundo se va, ¿lo has pensado?”. Ella es mayor que yo pero sus hijos son pequeños. Hablamos sobre las posibilidades de irnos de país y le confesé que la verdad no está en mis planes, que todos mis ahorros están invertidos en Venezuela, que a mi edad es complicado empezar se nuevo, y demás reflexiones que me he planteado. Silencio. También ella lo había pensado del mismo modo. Más silencio, nosotras nos quedamos en el país. El sonido del proyector de diapositivas inundaba el lugar, y me quedé pegada viendo y sin ver a la vez. Más diapositivas, sueltas, sin orden, había que ordenar ese carrete. Palabras sueltas, espacios en blanco.

Pensé en el dicho “No hace falta el que se va, hace falta el que vendrá”.  ¡Nos inventamos cada cosa para justificarnos!. Así somos. Así es Venezuela.