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¡Un felijaño pa’ ti!

A estas alturas ya estamos todos seguros que empezó un nuevo año ¿verdad que si?.

Llámelo como usted quiera: un nuevo ciclo, una página en blanco, una nueva vuelta al sol, un lienzo para crear y cualquier expresión comeflor que se le ocurra. La verdad es que se trata solo de un asunto cronológico, una cuestión “gregoriana” a la que solemos asignarle características más románticas que de costumbre, hacemos promesas, pedimos perdón y de alguna manera realmente nos convencemos de que ese “pasar de página” es una marca, un punto de no retorno, un nudo en el guión que cambiará el curso de los acontecimientos mágicamente. El 31 de diciembre de cada año todos sufrimos del mal común de la locura: “pretender resultados distintos haciendo exactamente lo mismo” según frase atribuida al brillante Einstein.

No sé en otras latitudes, pero estoy convencida que para el venezolano esa sensación de renovación, nuevo comienzo, mea culpa, pa’ lante es pa’ lla’,  duró un máximo de 24 horas, contando el 1ero de enero que nos manejó adormecidos por la resaca de la fiesta de fin de año. Los pesimistas – como yo – no tardamos mucho en lanzar comentarios sarcásticos sobre la realidad:  no ha cambiado nada, los problemas siguen ahí y nosotros contemplando desde la comodidad de nuestro smartphone.  Los optimistas – conozco algunos – callaban, esperando la primera decepción o algún milagrito del santo de su devoción, la mayor parte metidos en una burbuja de sueños.  No pasó mucho rato antes de que los lugares comunes que nos acometen comenzaran a despertar de su sueño navideño y nos empezaran a recordar que Venezuela es la misma, y será la misma por una sola razón: los venezolanos somos los mismos.

En solo una semana de año hemos demostrado con mérito lo que somos desde hace mucho rato: el país del revés, del absurdo, en donde se vive una especie de momento eufórico donde el lema “agarre el que pueda” prela por delante de cualquier escrúpulo y por supuesto “el último que apague la luz” está a la orden del día; el país en donde la corrupción que es tan vieja como la política misma está en todas partes, incluida la casa de tu “mejor amigo”; el país en donde la Ley que más se cumple a cabalidad es la del más vivo y el valor moral más atesorado es el de ser pendejo; el país con la devaluación moral más galopante en donde lo único que importa es la devaluación económica; el país partido en dos y con un futuro incierto; el país donde el odio y el resentimiento político y social está por encima de cualquier cosa y nos lleva a catalogar, etiquetar e incluso odiar a personas solo por su tendencia política; el país del hablar y no hacer, de criticar y no solucionar, de quejarse y no actuar, de insultar y no dialogar; el país del “raspa-cupo”, el “moja-mano”, el “guarda-puesto”, el “enchufao'”, el “maleteo”, el “lechugueo”, la “bomba-de-humo” y demás adjetivos jocosos para las cosas más bajas que por comunes son aceptadas. No creo que valga la pena seguir nombrando lo que somos, lo tenemos bastante claro. Nuestros paisajes y la belleza tropical de nuestro país no tiene la culpa, no vengan ahora a catalogarme de nube negra que no ve el vaso medio lleno. ¡A joder!

De cuando en cuando se nos despierta la consciencia, y hoy es uno de esos momentos para mi: cuando te das cuenta que el problema económico no es no tener dinero para comprar comida sino que encuentres comida, cuando lees en las noticias que asesinaron a un amigo o conocido de la manera más absurda y la impotencia te paraliza, cuando el hampa toca a tu puerta y destruye sueños forjados en años de trabajo duro, cuando eres víctima de una estafa o una traición de alguien cercano por haber caído en el juego de la corrupción y pierdes a un amigo, en fin, cuando algo hace que explote por un momento la burbuja de protección y mutismo en la que decidimos meternos mientras pasa toda esta catástrofe natural.

Pero ya se me pasará, como todo, y volveré a mi bunker de sueños posibles, del cual saldré de vez en cuando a escribir aquí alguna babosada, por la que me criticarán muy seguramente. Por lo pronto voy al espejo y evaluar si sigo siendo la misma.

¡Un felijaño pa’ ti pues!