Archivo por meses: abril 2013

Sobre la reconciliación [historia personal]

He repasado varias veces esa conversación. La que tuve – vía virtual – con alguien que considero un verdadero revolucionario, “comunista, necio, rebelde y apasionado” como el mismo se definió, lo cual avalo. Él está lejos, por obligación más que por convicción, o al menos es esa mi interpretación, aunque a veces se acerca. Nuestra historia es larga, pero eso no viene al caso, el punto es que es alguien a quien admiro y respeto por sus convicciones humanas y políticas, alguien a quien conocí cuando militaba, con un inmenso sentido de la justicia y que por razones de todo tipo tuvo que desaparecer un buen rato. Recuerdo que me llamaba “compañera” y que una sola vez me contó la historia de su padre, momento en el que entendí que – como pocos – él tiene razones más que válidas, además de su manera de pensar, para creer y trabajar por un cambio social y político para Venezuela y Latinoamérica, ahora no desde la clandestinidad, sino desde los espacios de enseñanza.

En fin, él no lo sabe – y se enterará al leer esto – pero fue quien despertó mi ser político, aún perteneciendo a mundos completamente diferentes. Comencé a cuestionar mi apatía política, a leer, a entender, a conocer la historia, a formar mi propio criterio, no fanático, ni radical, más bien una mezcla que terminó siendo de izquierda liberal – que no comunista – pro derechos humanos, pacifista, creyente del capital humano y de la libertad social y económica.  Nos reencontramos cuando ya estabamos resteados cada uno de nosotros en sus convicciones, hacía un tiempo habíamos dejamos de hablar de política justo cuando dejó de ser resistencia y se reconoció del lado pro-gobierno Chavista y yo me declaré opositora. Una sola vez le hablé directamente sobre mi oposición, sobre las cosas con las cuales no podía de ninguna manera comulgar con el, para entonces, presidente Hugo Chávez. Lo hice con rabia, con la rabia hija de la impotencia, desde la madre que no puede mirar un futuro para su hija en su país. Hacía frío, él comía un gran plato en la cena, yo no tenía hambre. El calló, comió y solo atinó a decir “estás resteada Arlette Montilla”, sin más. La siguiente vez que nos vimos me parecía fatuo, vacío y un tanto estúpido que nos siguiéramos hablando como si nada pasara, obviando por completo lo que sucedía en el país; se lo dije, ahí dejamos de hablarnos, sin decretarlo, sólo pasó.

Ha pasado el tiempo. La maravilla de las redes sociales me permitió “verlo” de nuevo y su reacción ante lo que sucede políticamente en Venezuela tras las últimas elecciones. No se si odiar o amar el virtualismo que me llevó a ver como este hombre, admirado como he dicho, se reconoció públicamente a la orden de Nicolás Maduro como jefe, en espera de su mando. Confieso que rompí el silencio, que la rabia y el dolor me invadió, confieso que sentí que era lo último que podía pasar, confieso que a raíz de esa declaración me di cuenta que todo estaba realmente muy mal, confieso que lo ataqué, que si lo hubiese tenido enfrente lo hubiese cacheteado.  No lo pude evitar y no me arrepiento, porque producto de esas reacciones derivó la conversa.

Luego de escupir todo lo que pensaba sobre Nicolás Maduro y su poco mérito y competencia para que fuese considero por él como “jefe”, hablando desde el dolor, no lo niego, y después de que él – desconociéndome totalmente – me soltara que estaba yo “a la espera de la vuelta de una democracia burguesa”, vino de nuevo el silencio. Me sentí ofendida, insultada en mi inteligencia. Siguieron las disculpas. Me di cuenta de lo lejos que hemos llegado, de como muchas veces no vale ni el cariño, ni el amor, cuando de política se trata, que es romántico y hasta irresponsable, a estas alturas pensar en reconciliación. Y aquí va lo último que recuerdo de esa conversación, que me da vueltas y vueltas en la cabeza, palabras más, palabras menos porque también de la rabia borré el chat:

“Convengamos que soy comunista y que esta revolución dista mucho de ser la revolución bolchevique por la que luché, por la que lucho. Convengamos también que no puedo ponerle un nombre a tu postura pero dista mucho de las mía, que nuestros mundos son muy distintos, que nunca podré pertenecer al tuyo, ni tu al mío, que nuestras convicciones son opuestas a nuestras ilusiones y a lo que soñamos. Convengamos que somos tu y yo una muestra de lo que es el país.  Al final aquí todo se va negociar y tu y yo seguiremos igual.”

Ahí me quedé, pasmada, por un rato. Con la realidad estampada en la cara. Con esa verdad incólume atravesada. Porque así es, así es.

¿A donde vamos a llegar? ¿Cómo termina esto? Nada sé. Sólo que sé que sigo resistiendo, que creo en la verdad, que la verdad se sabrá y que hay que tener paciencia.

Cuando me reencuentre con mi amigo, les cuento. 

Por la calle del medio: SOY RESISTENCIA

Mapa de Venezuela

No soy analista político, ni de cerca, ni de lejos. Soy una ciudadana común que no da cátedras de asuntos que vive como cotidianos, porque las cátedras se me convierten en pura retórica y de tanto repetirlas hasta te las crees. No soy burguesa, oligarca, escuálida, capitalista, fascista. Soy venezolana.

Un buen amigo,  un revolucionario de verdad,  a quien ayer leí, con dolor, ponerse a la orden de este “líder” impuesto, también me dijo hace poco que era una lástima que la política abarcara todo en Venezuela.  Pero, me disculpan, y aquí me quito lo comeflor, ¡tiene que ser así! y negarlo es vivir en una burbuja aislada y fantasiosa, porque las decisiones políticas son las que nos han llevado a una situación en donde no podemos vivir sin tener que lidiar día a día con la pérdida de la calidad de nuestra cotidianidad que tiene sólo un responsable: los gobernantes y la sociedad política. Así que somos seres políticos, y si no lo aceptas, estás del lado de los que permiten que las injusticias ocurran impunemente, del lado de los que se conforman.

Ayer de nuevo metí el dedo, lo metieron también muchos venezolanos, en unas elecciones sobrevenidas, con una oposición motivada pero con muchas cosas en contra, empezando por la manipulación del gobierno desde la emocionalidad y el luto por el difunto líder, la concentración y abuso de poder, el control absoluto de las instituciones, las amenazas, el discurso de odio, el manejo de los recursos económicos a conveniencia, y pare de contar. Con un escenario así, igual la oposición se volcó a la calle no sólo a votar, sino a defender su voto.

Yo voté de nuevo, y sabía lo que vendría, lo que estamos viviendo hoy, no porque sea pitonisa, sino porque era lógico pensar que este gobierno no aceptaría fácilmente la pérdida de terreno, el fracaso de su discurso divisionista; muchos me llamaron pesimista, otros no me lo dijeron pero lo pensaron, los mismos que se ahogaron en triunfalismos y los primeros que dijeron anoche, al conocer los resultados “oficiales”, “se acabó esta mierda, me voy del país” y cosas por el estilo. No reconozco que haya ganado el oficialismo, como oposición me uno al “BASTA” de tanto abuso, vamos a contarnos uno a uno y hablar con la verdad. Y ahora debemos enfrentar todos los obstáculos que eso supone, porque no será fácil, nos querrán callar, interpretarán la ley como les de la gana, con un Tribunal Supremo de Justicia comprado y en contra, impugnar será una tarea titánica. Pero será. El que se cansa, pierde, como dicen por ahí.

Hoy soy ganadora, me levanto y salgo a trabajar con la cara en alto, segura de que falta un camino largo y bien duro por recorrer, del cual pretendo ser parte activa y no solo observadora.  Seguiré cuidándome, cuidando a mi familia. Estoy clara de cual es la mitad a la que pertenezco, estoy clara que no habrá conciliación posible en mucho tiempo y que habrá más odio de los más radicales de lado y lado. Estoy clara que empezó el principio del fin de muchas cosas con las que no estoy de acuerdo. Estoy clara que los profetas del desastre estorban, sobran, pueden quedarse en su casa porque no los voy a ver ni escuchar. Soy realista, sé lo que viene y estoy dispuesta a vivirlo, a afrontarlo, a vivir lo que sea necesario vivir para empezar a construir otro futuro. Sigo trabajando por mi hija, que tampoco entregará su futuro sin luchar.

Yo voy por la calle del medio, no callo, no olvido, no me rindo, no me deprimo, me involucro, actúo y no tengo que demostrar nada a nadie. Ahora más que nunca ¡SOY RESISTENCIA! y digo con orgullo que soy, como dice Desorden Público, “REBELDE POR SIEMPRE, REBELDE HASTA LA MUERTE”.

Bolívar siempre es testigo

Texto y fotos por Arlette Montilla

Duele decirlo, pero los venezolanos ya estamos acostumbrados a andar con el corazón en la boca. Hablar de elecciones para mi es algo tan natural como hablar de los asesinatos de cada fin de semana, y ambas cosas me dejan el mismo sabor amargo desde hace más de 14 años. Recuerdo haber llorado cuando Hugo Rafael ganó por primera vez y se montó en la presidencia, que no dejó hasta su muerte, tal y como sentenció desde muy temprano. Siempre tuve un corazón izquierdoso, quizás por ese pedazo de alma revolucionaria que llevo por dentro, pero algo me decía que ese discurso del ex golpista derivaría en un arroz con mango sin relación alguna con mis creencias, por eso nunca voté por él. Mi hija ya había nacido y yo era bastante grandecita como para entender que lo que vendría hacia adelante no sería nada fácil. Y lo que vino ya es historia.

Av. Bolívar de Caracas; en el fondo construcción de edificios Misión Vivienda.

El próximo domingo nos toca volver a decidir, en una sobrevenida elección, que es como la última gota de esperanza para muchos, y quizás otro trago amargo necesario para mi. No soy pesimista, soy realista. Iré a votar, y votaré por la opción opositora,  aunque muchas cosas me dicen que esta batalla no será la que marque el tan ansiado cambio que muchos esperamos, incluso aunque no pierda mi voto. Ojalá eso lo tenga claro todo el que vote por un cambio. Porque es tanto el daño que se ha causado hasta ahora, en varios aspectos, que la recuperación será difícil de ver a corto o mediano plazo, y el camino será muy rudo.  Pero a pesar de toda esa lluvia de realidad que me echo encima, en el marco de una cortísima campaña electoral de 10 días, hoy me fui a la calle a ver de cerca las caras de quienes, como yo, apoyan el cambio de gobierno, en la tradicional concentración que se realiza en la Avenida Bolívar de Caracas, y que se ha convertido en algo así como un termómetro electoral que regularmente levanta el ánimo de ir a votar y de verdad funciona.  Algo que me alegró fue haber ido con mis dos amigos Eleazar y Arianna, ambos más claros que el agua de manantial, bien poco románticos y por encima de todo, muy optimistas, sin olvidar la realidad. Hacerlo con ellos me permitió observar con calma y concluir, sin tener que lidiar de manera cercana con las euforias, gritos y pasiones de los más fanáticos.

Un grupo de simpatizantes de Henrique Capriles baila bajo una enorme bandera de Venezuela en la Av. Bolívar, Caracas.

Y así vi como la Avenida Bolívar y sus adyacencias se fue llenando hasta más no poder, como se hizo corto el espacio para todo el que quería estar allí, representando a su país bajo el lema “Venezuela Somos Todos”, como la concentración “creció pa’ rriba” como escuché decir cuando fue tomado un edificio en construcción de la Misión Vivienda y se llenó hasta el tope de cientos de opositores en una manera muy particular de “invadir” temporalmente nuevos espacios. Plantarnos en un lugar fijo, bajo la “protección” de un taratín de llaveros, en una especie de trinchera improvisada,  fue un ejercicio interesante, porque durante hora y media me pasó, literalmente, toda Venezuela por delante: todas las clases sociales, todas las razas, todas las edades, todas las culturas, todos los géneros, todas las preferencias sexuales, toda Venezuela. TODA VENEZUELA. Entonces el slogan “Venezuela somos Todos” no se me hizo parte de una estrategia de propaganda electoral, se me hizo realidad.

Un grupo de opositores toma una construcción de la Misión Vivienda para ver mejor al candidato presidencial Henrique Capriles.

Esa observación acusiosa de ojos brillantes y esperanzados, de pieles tostadas y pálidas, de la euforia y la calma, de familias enteras y de personas solitarias, de niños que no se quejaban por el calor o la sed y adultos a punto de desmayo, de ancianas con andaderas y jóvenes enérgicos de caras pintadas, entonces me reafirmó que ese discurso de división, ese que dice que el pueblo apoya al gobierno y la burguesía apoya a la oposición, que los pobres son de izquierda y los ricos de derecha, que el rojo es socialista y el azul es capitalista, que estamos partidos en dos, que tener diferentes orígenes e ideologías es razón suficiente para no estar juntos, puede llegar a su fin. No se cuando será, pero será. No creo que me alcance la vida para vivir ese cambio y espero equivocarme. Pero de una sola cosa sí estoy segura, y es que hoy, Bolívar fue testigo de una Venezuela posible.

Lo dejo a tu consciencia: VOTA! 

Concentración a favor de Henrique Capriles, en el fondo las Torres de El Silencio al final de la Av. Bolívar, Caracas.

Tras un puesto de venta de franelas alusivas a la campaña Caprilista, dos personas caminan alejándose de la concentración.
Un niño con un peinado “mohicano” con los colores de la bandera de Venezuela sonríe sobre los hombros de su madre.

Fotos del candidato Henrique Capriles, en portaretratos en una venta de memorabilia en la concentración de la Av. Bolívar, Caracas.

Humor alusivo al candidato oficialista Nicolás Maduro, a razón de la canción compuesta por el internacional Willie Colón y  con letra del venezolano Rolando Padilla llamada “Mentiras Frescas”.
Venta de llaveros con fotos del candidato Capriles en la Av.Bolívar Caracas. Nuestra trinchera.

Un helicóptero sin identificación sobrevuela a baja altura la concentración haciendo tomas aéreas, mientras la gente levanta banderas y saluda.

Franelas con el slogan “Venezuela Somos Todos” de la campaña Caprilista. En el fondo, el edificio de la nueva Galería de Arte Nacional.
Arianna Arteaga Quintero, amiga del alma, baila y sostiene con su alegría a la gran bandera de Venezuela.