Archivo por meses: diciembre 2012

Del momento decisivo al momento instantáneo

Foto de Fotos: Mis 3 primeras fotos de 35 mm sobre la cabecera de mi cama, tomadas, reveladas y copiadas por mi, ahora fotografiadas con mi Iphone 4 usando Snapseed e Instagram

“Las nuevas tecnologías dan lugar a formas originales de expresión del espíritu, de la condición humana. Nuevos instrumentos que comienzan ya a perfilar su lenguaje propio, artístico.” – Pedro Meyer (2002)

Un día de 1985 encontré en la cámara Polaroid de mi mamá una puerta abierta por la que me lancé sin pensarlo y quedé enamorada de la imagen. En la época en que me relacioné con la fotografía no se pensaba en eso de lo digital, el internet no había llegado a Venezuela, apenas los LP’s habían dado paso a los CD’s y lo más avanzado en tecnología era un dispositivo portátil en el que podías escuchar esos pequeños discos con audífonos, pero eso si, sin brincar mucho porque saltaba lo que yo creía era una aguja, como la de los tocadiscos. Luego pasé al 35mm.  El cuarto oscuro me atrapó, aunque por el hecho de no tener uno, perdí la práctica, y el tedio de ir a otro lugar le ganó a mis ganas incipientes de encerrarme. Cuando vi mis primeras fotos hechas con la AE-1 me maravillé, no eran gran cosa, pero eran como mis primeras hijas de la experimentación que me acometía esos días. Están colgadas en una pared de mi cuarto.

Por aquella época alguien me dijo que mirara a un tal Bresson, padre del “momento decisivo”, y me dediqué a entender, a mirar su obra, los análisis que otros hacían de su trabajo y entendí que el momento decisivo no tenía que ver con fotografiar rápido, ni ser ágil, o tener mucha suerte para capturar una situación especial, ni mucho menos con la cámara que manejaras, sino que más bien tenía que ver con ser paciente y observador, identificar el lugar, el espacio, y saber esperar. Me gustó pensar en el fotógrafo como un planificador de imágenes.

Pasó el tiempo, y a principios de este siglo nos acometió en Venezuela el fenómeno de la fotografía digital, y yo, que me había enamorado de la imagen a través de una cámara Polaroid setentosa, y me había maravillado de llevar el cuarto oscuro a cuestas, abracé este nuevo “invento” con saciedad. Los grandes críticos y “maestros” de esa época no consideraban que la fotografía digital pudiese ser considerada fotografía (así como los críticos del siglo XIX no consideraban a la fotografía tuviese algo que ver con el arte sino que era sólo un artificio científico); las discusiones estaban por doquier, se armaron bandos, se renegó de aquellos que saltaron la talanquera y se pasaron a lo digital, traicionando de ese modo la tradición química tan atesorada. Y mientras muchos entraban apasionadamente en discusiones eternas, yo me fuí a explorar fuera del país porque aquí el oscurantismo me ahogaba. Fue cuando supe de Pedro Meyer (México) y la filosofía que venía desarrollando sobre el uso de las nuevas tecnologías en el campo visual, y de Joan Fontcuberta (España) y su capacidad de reflexión y observación de los cambios del entorno fotográfico en la nueva era. Entendí que la satanización de la fotografía digital provenía del miedo de perder cierto puesto histórico que el tiempo había otorgado a los que se quemaron los pulmones en el laboratorio, en otras palabras, su origen estaba en alguno de los dos demonios que tanto nos atormentan: el miedo a lo desconocido y/o el ego. Eso no me alejó de la fotografía tradicional, con la cual hago – y seguiré haciendo – mis trabajos más personales y para los cuales no anuncio con bombos y platillos el medio en el cual fueron desarrollados, como para “echármelas” porque hago fotografía en película, porque al fin y al cabo a mi, de verdad, no me importa el medio, sino el lenguaje que cada uno de ellos me permite usar.

Poco a poco observé como esa discusión digital vs analógico fue menguando y como aquellos que criticaban el fenómeno del revelado instantáneo fueron poco a poco aprendiendo a convivir con los cambios. Ya internet estaba en su apogeo y el uso de la fotografía digital empezó a darle rostro a todos y cada uno de los internautas que hasta ese momento gozaban de cierto anonimato. La imagen comenzó a convertirse en un lenguaje masivo y universal, sobre todo para construir la identidad de todos los que habitabamos los espacios virtuales. Cámaras cada vez más compactas y con ofertas de hacer la mejor foto con un sólo “clic” aparecen cada día. Y justo cuando pensábamos que todo estaba “normalizado” surge el fenómeno del “smart-phone” y sus cámaras maravillosas, dispositivos móviles que son capaces de “hacer” fotografías como nunca antes lo habíamos pensado. Mientras tanto, no nos dimos cuenta que, junto a la masificación del medio,  también se masificó la idea de que las fotografías son hechas por las cámaras, dejando un poco -bastante- de lado lo que verdaderamente hace una fotografía: el individuo detrás del aparato.

E irónicamente, la tortilla se voltea. Ahora muchos de los fotógrafos digitales, los que nacieron o se formaron en la época de los megapixeles, sufren a tragos amargos con el fenómeno de la fotografía móvil, instantánea y masiva, la imagen democratizada al alcance de todos, desde niños hasta ancianos, desde personas sin estudios hasta el individuo graduado en Arles, sin distinción, sin discriminación. Imágenes hechas en un segundo y difundidas en micras de ese mismo segundo, que son vistas por miles de personas en todo el mundo, al mismo tiempo, son la pesadilla de muchos y el fantasma que despierta los más sentidos miedos de algunos fotógrafos sazonados: que alguien con menos experiencia se haga llamar fotógrafo. ¡Blasfemia! 

Y la fotografía móvil nace en el momento de oro de las redes sociales, cuando la vida privada ya no lo es tanto, y las imágenes de nuestra cotidianidad invaden constantemente al mundo: en la cama, en el baño, en la casa, en el trabajo, en la rumba, en los viajes, en la tristeza y en la felicidad. Absolutamente todo se documenta, se muestra, se monta en la red, sin tapujos, sin miedos la nueva generación explaya su vida en bits de fotografías instantáneas que pululan por doquier y alimentan la curiosidad de muchos. Así lo privado ya no es tanto, lo íntimo es cada vez más extrovertido y muchos viven de la fama por mostrarlo todo. Es lo que yo llamo la “instafama”.

Nació entonces sin darnos cuenta el “momento instantáneo”, diferente a la Polaroid que te permitía hacer una foto instantánea pero no compartirla instantáneamente con el mundo. El padre de este “momento instantáneo” no es una persona natural, quizás podríamos decir que es Nokia, Samsung o Apple, en el orden que quieran darle, con su amante la internet. Festivales, exposiciones, premios y toda suerte de reconocimientos se han creado alrededor de la fenomenología de hacer fotos con un teléfono celular, cuando realmente debería darse mérito al intelecto detrás del aparato y – en mi humilde criterio – debería, en cualquier caso, siempre premiarse la imagen sin importar el medio a través del cual fue desarrollada.

Y aquí caemos en el meollo del asunto, en el reconocimiento necesario que debe hacerse de que hoy, más que nunca, no es fotógrafo el que hace “clic”, el que sabe manejar una cámara, el que opera el aparato. Es fotógrafo el que crea, el que define elementos, encuadres, mensajes decodificados, el que logra concebir imágenes casuales que no son casualidad, el que piensa en la luz, el que la domina y la hace suya, sin importar qué aparato le pongas enfrente. Cada vez más es la dirección de arte y de escena, e incluso en algunos casos la dirección actoral, la que hace al verdadero fotógrafo, que es alguien que traduce en lenguaje luces y sombras, y a veces pinta de color,  las ideas que pasan por su mente y que trascienden más allá de la imagen. No importa si lo hace para vivir de ello o como hobbie, o ambas. Importa que lo hace.

Entonces es irrelevante de que modo el momento fotografiado nace, si es sobre la decisión o sobre la espontaneidad, ni con que dispositivo es “capturado”;  importa que trascienda, que sea recordado, que forme parte de la historia que seguimos construyendo. Insisto, no importa la cámara. Imagino un futuro en el que desaparecerán, y un pequeño dispositivo sea instalado en nuestro nervio óptico y nos permitirá proyectar las imágenes que miramos o imaginamos y que decidimos inmortalizar, si eso llegara a pasar entonces ¿no estaríamos fotografiando?.

2012 en 12 Fotos – Reprise

Siguiendo la invitación de mi amiga Aglaia Berlutti, me atreví a revisar mis fotos del año que está a punto de finalizar para hacer el típico resumen-cliché de un período cronológico que para muchos representa un ciclo.

Me asombré de ver como, efectivamente las fotos hablan más de lo que pensamos. Mirando estas 12 imágenes me atrevo a decir que todo el año fue un paseo por una gran mirada hacia adentro y solamente al salir físicamente de mi ambiente cotidiano me atreví a mirar hacia afuera, pero sólo para seguir viendo ahí lo que honestamente me inquieta y que, a modo de espejo, miro también en lo que me rodea. El factor común: imágenes sin rostro (incluso el que pareciera ser un rostro realmente es una máscara), como si en el anonimato persistiese mi modo de enfrentarme a lo que me rodea. Juro que fue casual la selección de fotografías, son simplemente las que me conectan más con la vivencia de cada mes. Juzgue usted por las apariencias, como se suele hacer. Veamos que pasa en el 2013.

Enero ’12 – Punto Ciego
Febrero ’12 – Punto Ciego 2
Marzo ’12 – Mar del Plata
Abril ’12 – Magia
Mayo ’12 – La imagen (Fotonarrativa)
Junio ’12 – París para dos
Julio ’12 – Storyboard (Fotonarrativa)
Agosto ’12 – Remedio
Septiembre ’12 – Máscara
Octubre ’12 – Still (La Caja Verde – Fotonarrativa)

Noviembre ’12 – Tras Bastidores
Diciembre ’12 – Dos Miradas