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#yoconfieso – a propósito de mis 40 + 2

Mañana 27/11 es mi cumpleaños, otra vez. Sólo recuerdo 5 cumpleaños al año, de resto no recuerdo más y quizás por eso infiero que nadie se acordará del mío. No me gustan las tortas, ni el show de los mesoneros en los restaurantes, ni las velas de bengala, ni las de numeritos, no me gustan los regalos costosos, las joyas, ni las carteras, no me gusta la gelatina, ni las piñatas, ni creo en eso de pedir un deseo, no me gusta soplar velas, ni el “yo te daré”, no disfruto la torta en la cara, ni las llamadas de felicitación, en cambio valoro los mensajes de texto, mails, DM’s y cualquier saludo electrónico que me permiten no entablar conversación ese día.  No en vano cada año en esta fecha viajaba y estaba siempre lejos de mi casa, mi familia, mis amigos y mi entorno regular, pero otras razones de peso me lo han impedido en los últimos 5 años. Me hace falta ese aislamiento. En general, no me gusta celebrar que se me acabó un año, ni que cada vez recuerdo menos; en cambio celebro – a mi modo – que empiezo uno nuevo, uno de estreno, y quisiera que no arrastrase pesos aunque pocas veces lo logro. Confesarme cada año quizás es una manera de tratar de dejar lastres y arrancar más livianita.  

De la serie “Insomne” 

#YoConfieso – A propósito de mis 40+2

Que 4 décadas no es nada.
Que 2 años es bastante.
Que la vi venir y no hubo resistencia.
Que me visto de teflón y lo convertí en tendencia.
Que las señales están ahí y yo las dejo pasar.
Que muchas veces odio al universo por no conspirar.
Que uso pocas palabras de las que se dicen con la boca.
Que a veces prefiero ignorar.
Que los miedos están instalados, por eso no me siento sola.
Que añoro a la soledad, y que digo eso porque no la conozco.
Que me entendí, después que otros me entendieron.
Que la sinceridad es mi condena.
Que algunos poetas no estaban muertos.
Que critico la cobardía con una falta de valentía que me supera.
Que me atrevo.
Que soy capaz de caminar los mismos pasos y equivocarme otra vez.
Que te extraño, una vez a la semana.
Que esta madrugada lloré.
Que soy de risa dura y llanto fácil.
Que tengo un problema social grave que no pienso resolver.
Que me sorprendo cuando conozco a un caballero.
Que la única cualidad que me enamora es que me hagan reír inteligentemente.
Que no funciono sin desayuno.
Que si hago siesta se me daña el día.
Que te miro y me veo reflejada, luego me asusto.
Que me debo un viaje a Cuba y uno a la Patagonia.
Que quiero cruzar el norte contigo.
Que quiero viajar sola.
Que no quiero encontrar respuestas a algunas preguntas.
Que ya no busco, pero me encuentran.
Que entendí que si das sin esperar nada, nada tendrás.
Que vivo cerca de la montaña rusa del ego, pero las entradas a esa atracción las regalé.
Que cometí el error de regalar las entradas a personas que quiero mucho.
Que tengo varios verbos pendientes por conjugar.
Que mi agenda la cambié por un cuaderno de bocetos.
Que a esta edad no debería ser impulsiva, pero no puedo evitarlo.
Que el insomnio volvió.
Que lo peor que me puedes pedir es que deje de inventar.
Que resolví ser sumisa y que eso no me lo creen.
Que no tomo y hace rato no fumo.
Que cuidarme de mi misma es cuidar a los que me rodean.
Que sigo sin creer en dioses y religiones.
Que adoro cuando te encuentro.
Que cuando te encuentro me pierdo.
Que las bocas hechas de agua son ilegales.
Que corro para sudar las angustias.
Que no vuelven los recuerdos.
Que mi mala memoria me precede.
Que tengo mucho que confesar.
Que por hoy no voy a confesar más.

La Mirada de Otro

 La primera vez que leí (o intenté leer)  La Cámara Lúcida de Roland Barthes tenía 15 años, era una adolescente intensa y me lo regaló mi profesor de Arte luego de ver que andaba robándole momentos a la historia con la Polaroid de mi mamá. Obviamente me resultó muy denso, y alcancé unas páginas que generaron mil interrogaciones en mi mente. Eso si, mantuve el libro varios meses bajo el brazo, para lucir más intelectual e interesante. Cuando me preguntaban que estaba leyendo me inflaba de orgullo, de buena gana decía que era mi libro de cabecera cuando realmente lo que reposaba en ella era El Diario de Ana Frank.

Me casé y el libro quedó en mi casa, así como también la Polaroid de mi mamá, y las instantáneas pegadas en un corcho. En una revisión de esas que uno hace (típico que tienes que buscar tu partida de nacimiento, o tu título fondo negro de bachiller) me topé de nuevo con él. Tenía 26 años y ya había nacido mi hija.  Entre pañales, teteros y buches me lancé de nuevo a leer a Barthes. Mi esposo de ese entonces (Q.E.P.D), fotógrafo por hobbie y que coqueteaba con profesionalizarse,  una noche me miró con desgano mientras yo concentrada me adentraba en la lectura.

– ¿Qué haces leyendo al arrogante de Barthes? Es un opinador que tiene el atrevimiento de hablar de algo que no hace y desmeritar cosas que son muy importantes en la fotografía. 

Yo solo escuché, y la verdad es que consideraba que lejos de querer teorizar, Barthes hacía una aproximación bastante afectiva hacia la fotografía.  Lejos estaba de conocer ese tema del ego que rodea a muchos fotógrafos. Lo terminé de leer por compromiso conmigo misma y obligación personal con mi ex profesor de Arte.

Lo releí hace un par de años, y me reconcilié en parte con su contenido, pero no fue sino hasta este año, luego de haber tenido la oportunidad de asistir al visionado de PhotoEspaña, cuando todo aquel enredo Barthesiano me hizo todo el sentido del mundo. Para el visionado PhotoEspaña, toda vez que eres seleccionado de entre un montón de aspirantes,  debes escoger entre 20 personalidades del mundo de la fotografía y el arte de todo el mundo, a 10 con los cuales tendrás la oportunidad de estar 15 minutos, en los cuales te darán su opinión y crítica. Difícil elegir; pedí muchas opiniones, pero sólo la de mi amigo, el fotoperiodista Walter Astrada, me pareció lógica.

Con mucha sabiduría y luego de discutir la naturaleza de mi portafolio y mis intenciones o búsquedas para visionarme, me dió la siguiente recomendación: “Elige a quien quieras, pero que no sea fotógrafo”. PUM! Mi cabeza explotó y automáticamente recordé a Barthes y su teoría del Studium y el Punctum, el Operator y el Spectator. Así lo hice, e incluí sólo a un fotógrafo en la lista.

De aquellos No Fotógrafos (curadores de arte, comisarios, directores de museos) aprendí a ver cosas que jamás había visto en mi trabajo: una línea conductual en mi búsqueda visual, una temática permanente y dolorosa en los tres trabajos que presenté y que juraba aislados el uno del otro (La Soledad), la búsqueda de la perfección que se deja colar mostrando mi historia personal y la identificación del valor artístico del trabajo presentado. De ahí surgió una posibilidad de Beca para una residencia artística en México en el año 2013 para seguir desarrollando uno de los temas y una publicación futura en una revista en Alemania.

Del Fotógrafo recibí una crítica ajustada a la política, halagos sobre mi manera de componer, falta de interés por los temas por estar alejados de su línea autoral, una recomendación sobre revelado, una crítica sobre la razón por la que uno de los trabajos estaba hecho en película y formato medio,  y una petición para ver si yo podía ayudarle a conseguir casos en Venezuela sobre un proyecto que viene desarrollando, ya que al cabo, yo era la única venezolana visionando en España ese año.

Así que, de regreso a Caracas retomé a Barthes, por encima de sus maneras arrogantes (obvio que lo es), y concentrándome en el fondo. Definitivamente la foto nació para ser vista y no es sino la conexión afectiva con ese espectador, la que vale para concluir qué tanto tu fotografía será recordada. Y si se trata de trascender, la conexión emocional es lo que cuenta. Me importa más qué miran en mis fotos mi vecina de enfrente que cocina y hace transporte escolar, las amigas de mi hija de 16 años, el dueño de la panadería que colecciona fotos, el señor del kiosco donde los domingos compro el periódico, mi cliente que quiere verse hermosa porque cumplió 50, la señora con cáncer de mama que prestó su imagen para una campaña de conscientización, me importa más la mirada del que logra conectarse con la imagen de modo especial, sin tecnicismos, sin preciosismos, que cualquier otra mirada. También me importa la mirada educada y formal, que ha visto pasar frente a sus ojos miles de obras, que es capaz de trascender la imagen y ver más allá de las formas, de esas hay pocas.

Así que recomiendo leer a Barthes, dejando el ego a un lado y entendiendo su sentido más básico, el de una mirada culta que mira a la fotografía desde afuera y que valora, definitivamente, la mirada del otro.