Archivo por meses: abril 2012

Ecos de Mar del Plata

Sin título (así ando). Cementerio Recoleta. Buenos Aires. 2012.

Estoy bien. Ya han pasado dos semanas y sigo en blanco, nada pasa en mi cabeza. Nada pasa, en general. A veces pienso que se trata de la memoria; este tema de olvidarlo casi todo me ha dejado sin historia, sin nada que decir – aparentemente. A estas alturas ya no recuerdo que viví, que me contaron y que me inventé en alguna de esas conversas donde empiezan a hablar de la niñez y yo me quedo sin algo decente que decir. Mi terapeuta dice que es simplememte miedo escrudiñar la memoria. “Simplemente miedo” es un oximoron, el miedo no es simple, nunca podrá serlo. Pero, qué pasó hace dos semanas es lo que escribí cuando llegué del viaje que me removió el mundo, por diferentes razones, pero aquí me concentro en lo que se refiere a la fotografía.

Mar del Plata, Argentina. Cerrando Marzo, Otoño en pie de guerra. 16 grados centígrados en el día, promedio. El espacio era amplio, pero todos estábamos concentrados en un rincón, cerca de la mesa donde desfilaríamos para la llamada “Clínica de Estética” dirigida por Marcos López y Augusto Zanela. Como llegué ahí es otro cuento. El concepto: 12 fotógrafos/artistas/aspirantes/alumnos/curiosos (ponga la etiqueta que le de la gana) y 2 moderadores/críticos/artistas (más etiquetas si le vuelve a dar la gana), cada uno con 10 minutos para presentar sus trabajos, a los que se suman 20 minutos de opiniones de parte de todos los que quisieran participar. Un “todos contra todos” con reglas establecidas.

La primera pregunta la lanza Augusto,  a mansalva dice mi nombre, agarrándome un poco desprevenida:“¿qué es una crítica?”. Balbuceo descontrolado, las palabras salieron solas y sin mucho pensarlo dije “es una retroalimentación, no sólo si gusta o no gusta el trabajo, sino qué transmite y qué oportunidades de mejora tiene”. Cassette grabado, práctica de crítica fotográfica Digital 2. Eco mental: “Arlette sonaste a profesora, que mierda”.

“Me disculpan, pero yo voy a decir las cosas malas, yo soy el malo. Augusto es el bueno”. Pausa, risa fácil con mirada sobre los anteojos, como quien busca aprobación, hacia Augusto. La sonrisa de vuelta lo confirma. Ese hombre pequeño y canoso, de risa contagiosa y desprevenida, con cachucha “trucha” de los Yanquees de Nueva York en color amarillo estridente es Marcos López. Ya lo había conocido la noche anterior, en su charla. En mi mente de memoria corta teníamos un pasado juntos. Estamos advertidos. Habla, se dispersa, se pierde y vuelve, en un ciclo que vería repetirse en los próximos dos días.

Esos, fueron días intensos de opiniones, crítica y reflexión. Patada y coñazo, decimos en Venezuela. Se trataba de trascender la cómoda posición del botón “me gusta” del Facebook o del Flickr en donde ahora casi todo el mundo que cree haber hecho algo heróico acude en busca de … (inserte aquí su opinión). Se trataba de sustituir el botoncito por una aproximación respetuosa de la obra mostrada, y ver si somos capaces de aportar algo al autor y a los demás asistentes, y lo que es mejor, si somos capaces de procesar la crítica hacia nuestra propia obra.

En mi caso, fui la última del primer día de revisiones. Por ser “internacional” Marcos tomó la palabra, literalmente. Me resultó positivo que me dijera de entrada “No te voy a decir lo bueno, eso tu lo sabes”, seguido de su mirada tras los anteojos y la sonrisa espléndida que mete a todo mundo en el bolsillo. Me compró. Respiré profundo y me dije que para eso estaba ahí, que venga con fuerza. Lo primero que me gustó fue que manifestara su preferencia y el rechazo hacia una parte del trabajo mostrado: “De todas estas me quedo sólo con cuatro”, nunca supe cuales cuatro – tampoco pregunté-, pero bien, quedarse con cuatro de ocho es ganancia. Yo me hubiese quedado con una. No sé durante cuanto tiempo habló, tomé nota de todo, casi en escritura automática. Confieso que las pausas y las largas miradas de Marcos eran raras, a veces cómicas.  Habló de la metáfora visual como problema, de cierto equivoco que debemos permitirnos en las obras para darles credibilidad, de la perfección en contra del misterio, recomendaciones sobre casting, mezcla de luz, uso de locaciones y la búsqueda del tono y la textura, todo con miras a los proyectos futuros planteados.

Para mi toda la dinámica fue exquisita, aunque reconozco que me pegó que quisiera ver a la “artista de la balacera”, la que vive en una ciudad en donde matan más de 40 cada fin de semana y donde no sabes si vuelves vivo de comprar el pan. Si, en esa ciudad vivo, y a veces no quisiera que me preceda, ni eso marque una línea de creación en mi obra, pero uno no sabe las vueltas que da la vida/muerte, quizás de tanto negarlo lo tendré que confrontar. Me concentré en leer las sutilezas tras la crítica recibida. Mezclé eso con dos noches sin dormir, la rabia de saber muerto por las balas a un conocido mientras estuve allá afuera (otro),  café con leche, la grasa de las medias lunas que me tenía la gastritis a mil y un tinto de verano, aunque ya era otoño, un cigarro que me cayó mal (hace rato que no fumo) y listo. Cocktail molotov para el alma. Así me monté en el avión, así pisé trópico.

Caracas, Venezuela. Iniciando Abril, el verano dando pelea. 29 grados centígrados, promedio. Pasada la página, y cuando me disponía a tomarme en serio la tarea de retomar la vivencia de Mar del Plata,  ayer matan a mi amigo Nelson Cabrices, de un balazo, así nada más.  “Ese chamo no se metía con nadie”, me dijeron, pero es que ¿más o menos porque hay que pensar que el que seas bueno cuente para que te perdonen la vida en Caracas?. “Artista de la balacera”; no me gustan las balas, quizás por eso me invento un mundo dentro de un estudio. Bye, bye.

Por favor no se tome nada de esto personal, pasa cuando se me alborota el cuerpo y la rabia me invade, quizás por estos días me caiga la ficha, como dicen en el Sur. Mientras tanto, y volviendo a lo fotográfico, les invito a pensar, en cada “me gusta” a una foto que das o recibes … ¿es suficiente?

Mucho por hoy. Chau.